domingo, 5 de octubre de 2008

    Después de mucho pensarlo por fin me decidí a salir a hacer footing alguna que otra mañana para ver si podía perder algún kilito que otro. Aquella mañana en concreto se estaba bien en la calle. Era domingo, el ambiente estaba tranquilo y todo el mundo parecía estar de buen humor. La temperatura era idónea; corría una leve brisa fresca y el sol resplandecía como si fuese la última vez que fuera a hacerlo.
    Mi calle estaba hundida en el suelo, donde terminaba una cuesta que bajaba, empezaba otra que subía de nuevo. Y por entonces estaban construyendo un puente que cruzaba de un lado a otro de la calle que quedaba por encima de la mía. Las aceras se habían convertido en un enrejado de columnas que sujetaban el nuevo puente, y yo corría entre ellas, rodeada de niños que jugaban tranquilos. Oí una bocina a mis espaldas y me giré a tiempo para ver como un niño de no más de 10 años montado en bicicleta me adelantaba mirándome con sonrisa burlona. Entonces aceleré y me puse a su altura.
    Al llegar al final de las columnas que sujetaban el nuevo puente, frené en seco para comprobar que no viniese ningún coche, pero no me dio tiempo de para al niño de la bicicleta. Vi como un camión se acercaba a toda velocidad, y al niño en medio de la carretera, y me tapé la cara con las manos a sabiendas de que no le daría tiempo a cruzar la calle.
    Pasé un momento así, asustada de lo que podría encontrarme cuando me destapase los ojos. Pero de pronto dejé de oír cualquier sonido y me descubrí los ojos para ver que todo se había parado. El camión estaba parado en medio de la carretera, el conductor tenía la expresión crispada, el niño estaba congelado sobre la bicicleta, la manzana que caía de la mano del abuelo que había en la acera de enfrente estaba suspendida en el aire, al igual que la niña que saltaba a la comba.
    Entonces supe que era mi oportunidad de cambiar las cosas. Me acerqué al niño de la bicicleta e intenté arrastrarlo hasta la acera, pero estaba congelado del todo, y ni siquiera las ruedas de la bicicleta giraban. Así que me dirigí al camión e intenté abrir la puerta, pero comprobé que esta tampoco se abría. Miré a todos lados, y, cuando empezaba a desesperarme, me di cuenta de que la ventanilla del camión estaba abierta.
    Me colé dentro y comprobé que el volante sí podía girarse. Miré hacia la acera de la que habíamos salido el niño de la bicicleta y yo y vi todos los pilares, imaginándome el camión allí estampado. Entonces reparé en una foto que había dentro de la cabina en la que aparecía el conductor rodeado de tres niñas y una mujer, y me di cuenta de que no podía arrebatar el padre a una familia joven. Miré hacia la otra acera y vi al abuelo de la manzana. Giré el volante hacia él, pensando que era la opción menos mala, pero me di cuenta de que había algo extraño. Bajé del camión y me acerqué al viejo, para ver que sujetaba a una niña pequeña de la mano.
    Después de mucho pensar, decidí que era mucho peor que murieran dos niños a que muriera un hombre adulto, así que volví al camión y giré el volante hacia los pilares.
    Ya había tomado la decisión, así que el tiempo volvió a correr y yo volví al lugar donde me había quedado parada, justo a tiempo para ver cómo el camión se me acercaba a toda velocidad.

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