domingo, 22 de febrero de 2009

  El otro día fui al médico, que me envió al especialista, y, ¡TOMA!, me recetó felicidad. El problema es que eso ya no lo venden en las farmacias, como tampoco venden aquellas famosas "pastillas para no soñar". Bueno, allá que fui yo a la farmacia de la esquina, y el señor Artemio se rio de mí igual que cuando pedí "Fernandol". Así que me dijo: "Toma, anda. Esto te lo echas en los ojos, y esto te lo tomas por vía oral, que vale para todo", y me dio dos paquetitos envueltos en ese papel blanco con dibujos verdes que ellos gastan. Cuando llegué a casa y los abrí, vi que el primer paquete eran lágrimas artificiales ("¡justo esto es lo que me faltaba!"), y el otro Ibuprofeno, que ése sí vale para todo, pero a mí ya no me hace efecto, porque al principio me hinché de ellos pensando que "valen para todo" incluía también las enfermedades del pensamiento. 
  Al final es me quedó la risa rota, como estaba antes, y le puse un par de tiritas, que desde bien pequeñita me han servido de placebo.

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