jueves, 18 de noviembre de 2010

Ballet

Eran las once de la mañana, y cojeaba sola por la acera con un bocadillo de queso entre las manos. Pasaba justo por delante de mi antigua escuela, escuchando las risas de los niños, cuando empezó a sonar el timbre, consistente en un altavoz con música clásica. Aquellos dos ruidos se mezclaron y se convirtieron en algo que no puedo describir con palabras. Al llegar ante la reja de entrada, me quedé parada un instante. Miré dentro, vi a todos aquellos niños de entre 3 y 5 años saltando, corriendo, jugando, y me parecieron un enorme ballet desacompasado de alegría y ternura. Permanecí allí hasta que se acabó la pieza. Entonces, los niños volvieron a sus aulas, y yo continué cojeando con mi bocadillo de queso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario