lunes, 24 de enero de 2011

De mitos y mares.

Era Dafne, hija del rey Neptuno, la más bonita de todas las princesas de aquel mundo cansado y seco. El suyo era un reino feliz, hasta que la princesa fue a enamorarse de un pobre campesino, Diego. Tal fue la decepción del rey Neptuno al conocer aquel hecho, que hizo dar muerte al campesino Diego ante los ojos de Dafne. Fue entonces cuando la princesa, con el cuerpo sin vida de su amado entre los brazos, comenzó a derramar cientos de lágrimas de la desolación más desesperada. No tardaron aquellas lágrimas de agua y sal en cubrir todo el reino del rey Neptuno, llegando incluso a extenderse más allá de sus fronteras, hasta que dos terceras partes de la Tierra quedaron inundadas del azul más triste que jamás se había visto, y sus habitantes convertidos en cientos de tipos distintos de criaturas marinas. Incluso la princesa Dafne y su padre cobraron la apariencia de peces, perdiendo sus piernas para ver crecer aletas en su lugar. Suspendida en el agua, la princesa vio el cuerpo inherte de Diego hundirse hasta las profundidades marinas y convertirse allí en un coral de colores.
Pasaron unos años que apenas envejecieron a Dafne, durante los cuales ella nadó incansablemente alrededor de los miles de colores de aquel coral, mientras el rey Neptuno imponía orden en todos los mares, que componían ahora su nuevo reino. Un día, la princesa se vio llamada por un gran barco que navegaba por encima de su cabeza. Salió a la superficie y allá, en medio de quel inmenso reino, se vio atravesada por un arpón de pesca.
Al llegar a los oídos de su padre la noticia de la muerte de la chica, montó en cólera, provocando unas olas tan altas que hundieron aquel barco y que, hasta ahora, no han quedado inmóviles.

(ejercicio para clase de filosofía)

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