lunes, 31 de enero de 2011

I

E. no había llorado su ausencia porque ni todas las lágrimas del mundo habrían podido expresar toda la añoranza que llevaba dentro. Durante aquellos largos meses de incertidumbre, iba y venía, cortaba flores del jardín, tocaba el piano y zurcía enaguas, pero nunca perdía la compostura. Evitaba quedarse quieta un instante por si alguien pudiera descubrir el temblor de su labio inferior. Se permitía el lujo de derrumbarse sólo cuando estaba segura de que se encontraba completamente sola. En aquellos momentos, sacaba las cartas que J le había enviado antes de irse, cuando sólo se hallaba a un paseo de la casa, y se las acercaba con cuidado a la nariz, intentando percibir un poco de su olor entre aquellos pliegos de papel. Habría dado todo el oro del mundo por recibir ahora una de aquellas cartas de caligrafia pulcra y tinta verde oscura, por saber simplemente si se encontraba bien, por leer de su puño y letra las únicas palabras que podrían hacerla feliz en aquel momento, aquellas en las que dijera "pronto estaré ahí"... Pero la anhelada misiva no acababa de llegar, y a E. se la comía la falta de noticias, la preocupación por J. la abrumaba...

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