lunes, 14 de febrero de 2011

Rezas...

Te despiertas un día igual que los demás, pero sientes que hoy es diferente, porque los motivos por los que no quieres levantarte no son que tengas sueño o que estés más cómoda en la cama, sino que hoy no tienes ganas de vivir este día, que en teoría debería ser igual que los demás, porque lo único que podría decirse de él es que el cielo está encapotado, pero tú sientes que es diferente porque no tienes ganas de vivirlo.
Te levantas igualmente, porque tu madre te está gritando desde la otra punta de la casa que vas a llegar tarde (en esto, el día no es tan diferente de otros), y vas directamente al armario. Te las ingenias para encontrar un pantalón y un jersey negros, que son los que guardas para los días diferentes, como este, que son negros porque no quieres llamar la atención y que este día se pase rápido, como si fuera un día normal.
Te vistes y sales de casa sin desayunar o darle un beso a tu madre, como lo harías un día normal. Con una carpeta negra entre los brazos y una cartera también negra colgada al lado de la cadera (suerte que son negras, de lo contrario podrías llamar la atención), vas de camino al instituto con la cabeza agachada.
Has llegado casi media hora antes de que abran la puerta. Te pones los auriculares y te apoyas en el muro que rodea el instituto. Escuchas como un señor que ahora debe tener alrededor de los ochenta años te dice al oído que ya no le quedan más lágrimas en el corazón. Ves llegar al resto de la gente poco a poco, y nadie te mira, quizá porque vas toda de negro, y son mucho más llamativos los pantalones fluorescentes de las otras adolescentes que pululan a tu alrededor.
Al final abren la puerta del instituto y entras, mientras haces callar al mismo hombre de antes, que esta vez te dice cuánto quiere a una tal Pilar. Te apoyas en un pilar en el recibidor y esperas cinco minutos a que toque el timbre mientras ves entrar al chico que te gusta de la mano de su novia. Te saluda y te das cuenta de que ese va a ser el único instante feliz en este día tan angustioso. Y es que no te importa que esté sujetando la mano de ella, y que un momento antes de decirte ‘hola’ estuviera besándola, lo que te importa es que ha reparado en que estabas ahí, aunque vayas toda de negro.
La mañana no pasa tan deprisa como quisieras, porque no tienes ganas de hacer nada, y sin hacer nada el tiempo se pasa muy despacio. Ni siquiera te alegras cuando la profesora de valenciano te dice que tienes perfecto el dictado del día anterior, ni cuando la de castellano te dice que has sacado un nueve y medio en el último examen. Pasas todas las horas de clase sentada sola, y durante en recreo te metes sola en la biblioteca para poder estar tranquila. Al llegar a casa te comes la mirad de lo que tienes en el plato a la fuerza, y después asientes cuando en la clase de inglés, el profesor te dice entre dientes que si es que has tenido un mal día en el colegio.
Por la tarde te encierras en tu cuarto para hacer deberes, y lloras porque no sabes qué te pasa ni por qué no puedes escribir siquiera. Sin cenar, te metes en la cama y rezas para que mañana sea un día normal, como todos los demás, un día de esos que sí tienes ganas de vivir.

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