domingo, 19 de junio de 2011

Marisa C

  El calor es sofocante. Entro despacio al supermercado. Siempre entro despacio, por si las puertas automáticas no funcionan y me rompo la nariz contra el cristal. Como ya he dicho, entro despacio (las puertas sí se abren) y el frío me abofetea la cara. La música suena y yo doy pasos ni largos ni cortos, uno, dos, tres, carritos, cuatro, cinco, seis, especias, siete, ocho, nueve, libros. Me paro y miro uno de ellos. Sashenka. Cuenta la historia de una joven rusa de clase alta que en 1924 se enamora de un joven bolchevique y entra en el Partido Comunista. Me gustaría comprarlo, pero lo dejo en su sitio. Otro día será. Sigo caminando mientras muevo los hombros y oigo crujir los huesos. Camino entre las estanterías llenas de productos, de marcas, de colores. Cojo lo que he venido a buscar, voy a la caja, y entonces la veo. La miro pasar la compra de una clienta por la cinta, con esa triste expresión que no es tristeza, y siento unas ganas inmensas de gritarle a todo el mundo: “¡¿Cómo podéis pasar por su lado y no verla?!” La miro durante todo el tiempo que tarda en llegarme el turno. La miro y la veo, quiero decir, porque no creo que ninguna de las personas que hay mirándola en ese momento la vean realmente. No creo que nadie vea la suavidad de su flequillo negro, ni de sus ojos marrones, ni de sus manos finas, ni de sus labios suaves, ni de su nariz recta, ni de sus mejillas blancas. No creo que nadie se dé cuenta de que lo que realmente ilumina todo el supermercado no son los tubos de neón del techo, sino esas mejillas que no sonríen pero que brillan, bañándolo todo en luz blanca. Miro su ropa. Lleva el uniforme del súper, la camisa de rayas de colores cálidos (que le queda grande) y el pantalón gris oscuro. El atuendo es feo, pero sobre su piel blanca queda bien. Al acercarme más veo que lleva una alianza muy fina en el anular, y cuando se inclina para coger mi caja de leche, una cadena de oro se desliza hasta colgar por fuera de la camisa. De la cadena cuelga una cruz pequeña, con su Cristo clavado. Me gusta que lleve una cruz al cuello porque me hace pensar que es una mujer sosegada, abnegada y cariñosa. No es que ser una de esas tres cosas lleve por obligación ligado ser religiosa, ni que ser religiosa conlleve ser una de esas tres cosas, pero a mí me da esa sensación en ella. Cuando acaba de pasar la compra me dice cuánto tengo que pagar y me pregunta si quiero bolsa. “Son tres céntimos”, apunta, y me da la sensación de que esa es la frase más importante que va a decir en todo el día, sobre todo por la manera de decir la primera sílaba de “céntimos”. Le digo que sí, por favor, y extiendo mi mano con el dinero. Ella extiende también la suya y al darle las monedas le rozo sin querer la palma. Esa mano me hace imaginarla sentada en una cama junto a una niña pequeña, cepillándole el pelo largo. Al darme el cambio le doy las gracias y me las devuelve, y de nuevo pienso en el sosiego. Pienso en esas conversaciones desacompasadas en las que los dos interlocutores hablan a la vez, o responden preguntas a destiempo haciendo que parezca que participan en conversaciones distintas; pienso que nunca nadie podría mantener una de esas conversaciones con ella porque ella es de ese tipo de personas que siempre esperan a que hayas acabado de hablar. Mientras cojo la bolsa con la compra, sonríe muy levemente, y después empieza a atender al siguiente cliente. Me alejo de ella y salgo despacio (siempre salgo despacio, por si las puertas automáticas no funcionan y me rompo la rariz contra el cristal). Como ya he dicho, salgo despacio, y el calor me abofetea la cara.


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