miércoles, 31 de agosto de 2011

Seguramente

  Se sienta en la cama despacio, apoya la espalda en el cabezal y estira las piernas sobre las sábanas azules, desteñidas tras veinte años de lavados. Hace demasiado calor como para taparse, demasiado calor como para cerrar la ventana o la puerta, aunque por ellas no pase brisa alguna. Sin embargo, tiene las manos frías. Coje con ellas la tela blanca que cuelga del respaldo de la silla que tiene al lado y la extiende sobre las piernas. Después busca con los ojos la aguja y el hilo granate, y empieza a dar puntadas. 
  Mira la rosa terminada. El dibujo es demasiado pequeño para ser un cuadro, el tejido demasiado impropio para ser un mantel y el tamaño de la tela demasiado pequeño para ser una sábana. Esa rosa no sirve para nada. Sin dejar de mirarla, se pregunta qué pensaría cualquiera que la viera así, con el pelo recogido en un moño, el camisón blanco hasta los pies, las gafas en la punta de la nariz y una aguja en la mano derecha. Que las personas de 17 años no deberían bordar, seguramente.

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