martes, 6 de septiembre de 2011

Soliloquio I

  Tras guardar el equipaje en el maletero, Sofía subió al autobús. Se sentó a unas cuatro filas de distancia del conductor; se mareaba en la parte de atrás. Poco antes de cerrarse las puertas, un chico de pelo claro, larguirucho, ocupó el asiento que había quedado libre a su derecha. Luego, salieron de la estación.
  Sacó cuando dejaban atrás la ciudad un libro del bolso que llevaba sobre el regazo. Lo había comprado en una librería cercana a la estación, poco antes de salir, por un precio irrisorio. Lo abrió, se saltó el prólogo y empezó a leer: “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita”. Levantó la vista del libro con disimulo y miró de reojo al chico que iba a su lado. Se había puesto unos auriculares y se miraba las manos. Estaba dejado caer en el asiento deshilachado, como si fuese aquél el que estaba sentado sobre el chico, y no al revés. El pelo castaño claro le hacía una marcada honda al caer de lado sobre la frente, y había algo en sus ojos que hacía que pareciese que todas las cosas del autobús (el moño apretado de la señora de delante, el mal olor del conductor, y hasta García Márquez) tuvieran algo que ver con él pero a la vez le fueran indiferentes.
  —Si quieres ponerte junto a la ventana podemos cambiarnos el sitio —propuso ella—. Yo pienso leer todo el viaje.
  —Gracias —murmuró el chico, levantándose para dejarla salir.
  Tras varias complicadas maniobras (primero el chico se levantó, luego Sofía, después él volvió a sentarse, y por último ella de nuevo, todo ello mientras el autobús traqueteaba), lograron acomodarse. Ella sacó su libro y siguió leyendo: “Retiró la oya del fogón...”

  “El médico era un joven con el cráneo cubierto de rizos charolados.” Hacía menos de una hora que había subido al autobús, y las piernas ya empezaban a entumecérsele. Levantó de nuevo la vista de las páginas y miró al chico, que ahora estaba a su izquierda y miraba por la ventanilla. Tenía una expresión atormentada. Sofía decidió que pondría su cara al doctor. Le iba bien aquello de “la perfección de su sistema dental”.
   Un rato más tarde, quizá una hora y tres cuartos después de haber subido al autobús, cerró el libro y se frotó los ojos. “El coronel no tiene quien le escriba”, había respondido el administrador.
  Tras unos segundos, volvió a abrirlo.

  “El coronel se sintió contagiado...” La sobresaltó el chico de pelo castaño:
  —Señora, paramos para comer. Son las dos y media—. La expresión atormentada no había desaparecido de su rostro.
  —Gracias—. Y le dejó pasar.
  Estaban en una estación de autoservicio. Tras pagar lo que había en su bandeja (medio bocadillo de jamón y queso, una botella pequeña de agua y una manzana) se sentó en una mesa y empezó a comer.
  —¿Le importa? —preguntó la voz del chico del autobús. Señalaba una silla vacía frente a ella.
  —Claro que no.
  —¿Adónde va? —inquirió de pronto él, mirándole con los ojos entornados.
  —Vuelvo a casa. ¿Y tú?
  —Me alejo de casa—. Sus ojos volvieron al bocadillo que tenía entre las manos.
  —Eso está bien —respondió Sofía.
  El chico frnció el ceño y levantó un momento la vista de nuevo, pero ninguno de los dos dijo nada más.
  Al poco rato volvieron al autobús. Cada cual ocupó su asiento, y ella volvió a abrir el libro por donde lo había dejado: “... contagiado de un humor sombrío”. Ella también se sentía contagiada de un humor sombrío. La culpa era del tiempo. Mientras comían había empezado a caer una lluvia fina que ahora empapaba los cristales. Hacía calor dentro del autobús y fuera empezaba a formarse una densa niebla. Pronto hubo que aguzar la vista para poder divisar los campos cada vez más verdes.

  “La momentánea frustración de sus proyectos le produjo...”
  —¿Ha estado de vacaciones? —preguntó de nuevo el chico, guardándose los auriculares y el reproductor de música en un bolsillo.
  —Sí, tres semanas.
  En vista de que Sofía no decía nada más, él soltó:
  —¿Sabe? Creo que la sociedad que John Lennon nos pedía que imagináramos es bastante anarquista.
  El chico necesitaba conversar. Apretó el libro que tenía entre las manos. Quería acabarlo antes de llegar a casa, pero aquel chico necesitaba conversar. Al fin dijo, sin cerrar el libro:
  —La verdad es que nunca me ha gustado mucho esa canción.
  Él asintió, y Sofía cotinuó con su lectura por donde la había dejado: “... le produjo una confusa sensación de vergüenza y resentimiento”.

  “Le sintió totalmente humano, pero impasible, como si lo estuviera viendo en la pantalla de un cine.” Su mirada se quedó suspendida sobre aquella frase. Quedaban más de dos horas de viaje, y sólo diez páginas de libro, así que decidió entablar conversación con el chico de pelo castaño.
  —¿Por qué te has ido de casa? —preguntó. Pero al levantar la vista se dio cuenta de que él se había quedado dormido con la cabeza apoyada en el cristal. Así pues, siguió leyendo.

  “Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder...” Todavía quedaba hora y media de viaje, y sólo una palabra por leer: “Mierda”. El chico todavía dormía a su lado...

  —Señora... ¡Señora! —Se sintió zarandeada. Abrió despacio los ojos—. Hemos llegado a San Sebastián.
  El chico la miraba todavía con su expresión atormentada.
  —Gracias.
  Bajó del autobús y fue a recoger su maleta. Al volverse, vio que su compañero de viaje caminaba hacia la salida de la estación con una mochila como único equipaje. Corrió tras él y le llamó:
  —¡Eh, Lennon!
  Él se volvió. Había un poco menos de tormento en su expresión.
  —Me llamo Germán.
  —Sofía —respondió ella, tendiéndole la mano—. Buena suerte.
  —Igualmente.
  Luego se dio la vuenta y continuó caminando.


  Soliloquio II

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