domingo, 29 de enero de 2012

(como siempre)

Al entrar en la habitación echa de menos (como siempre) una estufa que encender. Se rasca los ojos, cuelga el bolso detrás de la puerta y mete el abrigo en el armario. Está tan cansada que se siente tentada a tumbarse en la cama, vestida con ropa de calle y encima del edredón, y dormirse; pero eso no sería propio de ella. Respira un momento antes de empezar a desnudarse. Se quita el jersey y lo deja caer al suelo. Se desabrocha uno a uno los botones de la camisa, que queda al lado del jersey. Se baja la cremallera de la falda y, cuando ésta se ha deslizado hasta sus tobillos, la empuja con la punta del pie y la coloca al lado del resto de la ropa. Ya sólo con la camiseta interior blanca y las medias, se quita de un tirón la goma que le sujeta la coleta, y luego se pasa los dedos de las dos manos por el pelo. Ignorando el frío, se sienta en la cama y permanece un rato mirando al vacío. Los días son largos, son aburridos, cansa hacer tantas cosas sin llegar nunca a hacer nada realmente. Y luego la mente en blanco. Diez minutos, o quince. Cuando no puede soportar el frío en la nariz y los dedos de los pies, termina de desnudarse. Se repasa con la punta del dedo índice las marcas que las costuras de las medias le han dejado en la piel, y se pone el pijama. Es ancho, es suave y tiene felpa por dentro, pero está frío. El pijama está frío, igual que la ropa de la cama. Acurrucada debajo de la sábana, las dos mantas, el edredón y la bata que ha extendido encima, cierra los ojos. Los días son demasiado largos, de nuevo. Está cansada, pero no se duerme. No hasta que no entre en calor. 

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