miércoles, 1 de febrero de 2012

Las plumas de los que aman

  Llega silenciosa, sumida en temblores e intentando controlar el ruido de sus alas al batir, temerosa de despertarle de ese estado de sueño en la vigilia en el que siempre parece sumido. Se sienta a su lado, "hola" y sonríe. Él también "hola", pero no sonríe. Mantiene siempre su hieratismo, la pose indolente; las manos en el regazo y la mirada al frente. Ella dice que ama su falta de espíritu, porque forma parte de él y ella tiene que amar cada parte de él. Pero a veces le mira y desea que él le devuelva la mirada, le sonríe y desea que él le devuelva la sonrisa, le quiere y desea que él... 
  Sigue temblando sentada a su lado, llenando el aire de plumas y de su halo inodoro e incoloro que ni se huele ni se ve pero que da al ambiente ese aspecto de limpieza que dan los ángeles. Él tiene la tez pálida, y ella siente constantes impulsos de acariciarle una mejilla para ver si tiene además del color la textura del mármol. Pero no se atreve, no quiere despertarle. Escribe muy pequeñito en la esquina de un papel "despliega las alas", pero lo borra en seguida para que él no lo lea. Quiere volar, pero él...
  Al final le cuesta un poco más controlar los temblores y deja caer tres lágrimas (dos desde el ojo derecho, una desde el izquiedo). Entonces él la mira y da la primera muestra en toda la tarde de verla realmente. Pero no pregunta, ni le pone la mano en el hombro, ni le ofrece un pañuelo. Coge una de las plumas que flotan a su alrededor y la coloca encima de la mesa. Ella la cogerá, pese a la frialdad de él, la guardará en el bolsillo derecho de su abrigo y la conservará allí para siempre... cuando él no la mire. Mientras, inventa una bonita interpretación para lo de la pluma y la guarda en su memoria como si de verdad él hubiera querido regalarle lo más puro que hay a su alrededor para consolarla. Ella sonríe y "adiós". Él "adiós", pero...

No hay comentarios:

Publicar un comentario