domingo, 13 de mayo de 2012

Delirio en tres actos

  Pronuncia mi nombre. Lo pronuncia sin alteraciones de volumen en la voz, sin acentos. Lo pronuncia completo, sin sufijos diminutivos o afectivos. Pronuncia mi nombre estándar. Siempre la misma fórmula: "Hasta luego, Lucía". Usa mi nombre como vocativo, y no sé si es consciente de que me eriza el vello de la nuca. Supongo que no. Pronuncia mi nombre y no quiero que me llame amor mío, ni mi reina ni nada; quiero que me llame por mi nombre completo, porque cuando lo pronuncia no necesita de adjetivos posesivos para demostrar que es enteramente suyo.
  Y luego me mira con ojos redondos de niño pequeño que guardan ternura de niño pequeño, que guardan inocencia de niño pequeño, que guardan dulzura de niño pequeño, que guardan... que ni sé qué guardan, pero que me pasaría la vida mirando. Se quita las gafas, las deja sobre la mesa, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos, e incluso así me gustan, porque toda la dulzura le moja los párpados y le cuelga de las pestañas largas y negras. Me gusta porque es entonces cuando más libremente puedo mirarle, y él puede sólo intuirlo, pero no saberlo. Y si lo sabe, igualmente me da permiso para mirarle, como si no le importase o como si incluso le gustase. Como cuando yo levanto la cabeza y me encuentro con esos ojos de niño mirándome, sonrío y él aparta la mirada casi avergonzado. 
  Y luego recupera las gafas de la mesa con esas manos que hacen huecos donde querría vivir, que cogen, que tocan, que a veces acarician con tanto amor que creo que se me va a parar el corazón. Coge un libro y lo abre, y pasa las páginas, y yo siento que me mata un poco más con toda esa dulzura que no se puede soportar. Y quiero tocar esas manos y que esas manos me toquen. Que me toquen el hombro, una rodilla, mis propias manos. Que me acaricien el pelo y me rocen la mejilla. Quiero esas manos para mí. 

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