lunes, 9 de julio de 2012

Soliloquio II

Soliloquio I

  Sacó el equipaje del maletero pensando que éste sería el último autobús que cogería en mucho tiempo. Caminó por la acera húmeda de lluvia despacio, cansada por el viaje y temerosa de llegar a casa. Las ruedas de la maleta traqueteaban sobre el pavimento. El calor era sofocante, aunque habría sido soportable de no haber sido por la humedad, que se adhería a la piel y la volvía pegajosa. Al doblar una esquina divisó su casa al final de la calle, y el calor sumado al cansancio hizo que de pronto tuviera prisa por llegar. Aceleró el paso y las ruedas de la maleta armaron más escándalo si cabía sobre las grietas del suelo. Al llegar a su puerta se paró. Las plantas de los maceteros que flanqueaban los tres peldaños que daban a la entrada estaban, como había temido durante las tres últimas semanas, algo mustias pero húmedas por la reciente lluvia. Subió los escalones dando tres fuertes tirones a la maleta, que llegó a su lado en tres golpes. Sacó del bolso el manojo de llaves y abrió. Entró en la casa y al cerrar la puerta detrás de sí sintió un crujido: fue como si una grieta comenzase justo en el marco de la puerta y se extendiese, dividiéndose hacia el techo y hacia las paredes colindantes, como si esa enorme grieta se ensanchase e hiciese que tabiques y techo perdieran el equilibrio para que, finalmente, se le cayese la casa encima.
  Sacudiéndose los escombros de la casa vacía del pelo y los hombros, y abandonando la maleta en el recibidor, viró hacia la izquierda y entró en el comedor.
  —Buenas tardes, Pedro —saludó. El gato atigrado respondió desde el sofá en el que dormitaba abriendo lentamente los ojos y parpadeando dos veces para después volver a acurrucarse en su siesta. Sofía se sentó a su lado y le rascó con cuidado entre las orejas—. Veo que me has echado de menos.
  El gato debió de sentir las notas tristes en la voz de su dueña, porque removió su calma y, tras estirar bien las patas delanteras, volvió a acurrucarse en su regazo.
  Sin dejar de rascarle las orejas a Pedro, Sofía echó un vistazo en derredor. Una película de polvo muy fina cubría los muebles de madera oscura: la mesa sobre la que reposaba el televisor, apagado incluso el piloto rojo, la de café y la grande de comedor, las cuatro sillas que rodeaban esta última, los anaqueles de las estanterías donde descansaban decenas de libros... Flotaban en el aire motas de aquel mismo polvo, bailando con los últimos rayos de sol que entraban por los orificios de las persianas...
  Antes de verse abatida por el sueño, Sofía levantó al gato de su falda y lo dejó con cuidado en el mismo lugar donde estaba cuando ella había llegado. De la mesa de café cogió y pulsó los botones de encendido del aire acondicionado y del reproductor de música, y pronto las motas de polvo que había suspendidas en el aire comenzaron a moverse al ritmo de Tchaikovsky.
  Salió entonces del comedor, cogió la maleta del asa y la llevó hasta las escaleras. Esta vez no la arrastró escalón a escalón, sino que la levantó a pulso del suelo y cargó con ella los dieciocho peldaños. Al llegar al segundo piso encontró el mismo panorama que se presentaba en el salón: las motas de polvo bailaban con el sol y reposaban sobre los muebles. El calor se le pegaba al cuerpo, así que llevó la maleta hasta su habitación y de un cajón sacó ropa limpia de estar por casa. Tras cambiarse, a pesar del cansancio del viaje, se armó de trapo, escoba y demás y en poco más de una hora había ventilado el polvo que en tres semanas se había acumulado en la casa. Cuando hubo acabado, se dio una ducha y se dejó caer al lado de Pedro en el sofá.
  Era ya de noche. Hacía rato que Rothbar yacía muerto y que los espíritus de Sigfrido y Odette habían ascendido hacia el cielo. Sofía escuchó el silencio después de tres semanas de ruidos, el silencio de la casa vacía frente a los ruidos de una casa habitada de verdad. El silencio, como la soledad, son realmente apreciables cuando hay momentos de ruido y compañía con que compararlos. De lo contrario, cuando no escuchar más que tu propia respiración se hace continuo, la soledad pierde su atractivo y pasa a ser uno de los sentimientos más tristes que se puede tener. En las tres semanas que había pasado en casa de su mejor amiga, al otro lado del país, los tres hijos de ésta habían hecho que forzosamente echase de menos el silencio en algunos momentos. Pero el solo pensar en la obligación de volver a la desierta cama, al turbio espejo y al corazón vacío, a su soledad, le removía el estómago. 
  Llegó un punto en que sintió que el calor, el cansancio y el ronroneo de Pedro la empujarían a brazos de Morfeo de un momento a otro, por lo que se levantó del sofá tan deprisa que sintió como si hubiesen rebobinado una caída a tiempo real. El gato se asustó y saltó también al suelo para acompañar a su dueña hasta la cocina, y una vez allí bebió del cuenco de leche que ella acababa de colocar en el suelo. Sofía volvió al piso superior, dejando a Pedro a oscuras. Antes de que dieran las once, se dejó caer sobre la cama deseando que las cuarenta y nueve semanas de soledad que viviría antes del verano siguiente pasasen deprisa.

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