sábado, 4 de agosto de 2012

  Después de un par de meses sin verla, está esperándola. Pero qué va. Él no está esperándola realmente. Ni siquiera está pensando esto. Imaginemos que mi voz, la del narrador, no es la de ésta que es, o mejor que quisiera ser, aquélla a la que está esperando el observado. Imaginemos que mi voz es la de un narrador omnisciente, externo, objetivo y toda esa parafernalia. Bueno, el caso es que el observado no está esperándola exactamente. Él está donde tiene que estar haciendo lo que tiene que hacer. Ella dijo que vendría pero él no está pensando en ella, a penas recuerda que ella va a venir. Cuando llegue le volverá a la cabeza el mensaje que ella le ha mandado el día anterior ("Mañana nos veremos") al escuchar su voz diciendo hola detrás de él. La voz de ella siempre llega antes que su cuerpo, y él no sabe por qué. Sí, esto sí lo ha pensado él, y tampoco sabe por qué. Cuando oiga su voz ocurrirá como suele ocurrir con las voces: después de un tiempo sin escucharlas se hace casi imposible reproducirlas de memoria, pero al oírlas de nuevo son perfectamente reconocibles. El caso es que se suponía que hasta que ella no le saludase él no la recordaría, y resulta que ahora ha pensado en ella. Y en que siempre llega antes su voz que su cuerpo. 
  Un momento después (no sabemos bien si han pasado dos minutos o dos horas, pues ni él mismo lo sabe) se escucha la voz de ella anunciando la llegada de su cuerpo. Él se gira y efectivamente allí está, como siempre. A lo mejor lleva el pelo un poco más largo, lo que haya podido crecerle en un par de meses. Pero por lo demás, todo igual. Se le notan los ojos como muy brillantes y la sonrisa como muy ancha y los pómulos como muy elevados y las manos como muy temblorosas y la lengua como muy enredada, pero por lo demás, todo igual. Bueno, y esa camisa morada con flores es nueva. Pero por lo demás, todo igual (ahora de verdad). El observado duda. Duda mucho. ¿Se levanta o se queda sentado? Una vez levantado, ¿se limita a decir hola o le da dos besos? Una vez dados los besos, ¿comienza a preguntar cómo han ido los dos últimos meses o espera a que hable ella? Y así toda la conversación. Las palabras de uno ponen nervioso al otro continuamente al chocar en esa simultaneidad involuntaria que sucede en conversaciones entre nerviosos y en encuentros frontales en aceras estrechas. Pero esto él no lo piensa, claro. Él está nervioso porque la ve demasiado distinta como para haber experimentado tan pocos cambios. Es decir, que no ha cambiado nada y sin embargo él la ve totalmente diferente. Será eso, que es él quien la ve diferente, Pero no lo está analizando, en el fondo; es sólo una sensación. Ella está feliz con su sonrisa ancha y sus ojos brillantes, y a veces mueve una mano para apartarse un mechón de pelo de la cara. Está guapa con esa camisa. Y esto sí lo ha pensado el observado, aunque no sepa por qué. 

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