viernes, 16 de noviembre de 2012

Soliloquio


Tras guardar el equipaje en el maletero, Sofía subió al autobús. Se sentó a unas cuatro filas de distancia del conductor; se mareaba en la parte de atrás. Poco antes de cerrarse las puertas, un chico de pelo claro, larguirucho, ocupó el asiento que había quedado libre a su derecha. Luego, salieron de la estación.
  Sacó cuando dejaban atrás la ciudad un libro del bolso que llevaba sobre el regazo. Lo había comprado en una librería cercana a la estación, poco antes de salir, por un precio irrisorio. Lo abrió, se saltó el prólogo y empezó a leer: “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita”. Levantó la vista del libro con disimulo y miró de reojo al chico que iba a su lado. Se había puesto unos auriculares y se miraba las manos. Estaba dejado caer en el asiento deshilachado, como si fuese aquel el que estaba sentado sobre el chico, y no al revés. El pelo castaño claro describía una marcada honda al caerle de lado sobre la frente, y había algo en sus ojos que hacía que pareciese que todas las cosas del autobús (el moño apretado de la señora de delante, el mal olor del conductor y hasta García Márquez) tuvieran algo que ver con él pero a la vez le fueran indiferentes.
  —Si quieres ponerte junto a la ventana podemos cambiarnos el sitio —propuso ella—. Yo pienso leer todo el viaje.
  —Gracias —murmuró el chico, levantándose para dejarla salir.
  Tras varias complicadas maniobras (primero el chico se levantó, luego Sofía, después él volvió a sentarse, y por último ella de nuevo, todo ello mientras el autobús traqueteaba), lograron acomodarse. Ella sacó su libro y siguió leyendo: “Retiró la olla del fogón...”

“El médico era un joven con el cráneo cubierto de rizos charolados.” Hacía menos de una hora que había subido al autobús y las piernas ya empezaban a entumecérsele. Levantó de nuevo la vista de las páginas y la dirigió al chico, que ahora estaba a su izquierda y miraba por la ventanilla. Tenía una expresión atormentada. Sofía decidió que pondría su cara al doctor. Le iba bien aquello de “la perfección de su sistema dental”.
Un rato más tarde, quizá una hora y tres cuartos después de haber subido al autobús, cerró el libro y se frotó los ojos. “El coronel no tiene quien le escriba”, había respondido el administrador.
Tras unos segundos, volvió a abrirlo.

“El coronel se sintió contagiado...” La sobresaltó el chico de pelo castaño:
—Señora, paramos para comer. Son las dos y media—. La expresión atormentada no había desaparecido de su rostro.
—Gracias—. Y le dejó pasar.
Estaban en una estación de autoservicio. Tras pagar lo que había en su bandeja (medio bocadillo de jamón y queso, una botella pequeña de agua y una manzana) se sentó en una mesa y empezó a comer.
—¿Le importa? —preguntó la voz del chico del autobús. Señalaba una silla vacía frente a ella.
—Claro que no.
—¿Adónde va? —inquirió de pronto él, mirándole con los ojos entornados.
—Vuelvo a casa. ¿Y tú?
—Me alejo de casa—. Sus ojos volvieron al bocadillo que tenía entre las manos.
—Eso está bien —respondió Sofía.
El chico frunció el ceño y levantó un momento la vista de nuevo, pero ninguno de los dos dijo nada más.
Al poco rato volvieron al autobús. Cada cual ocupó su asiento, y ella volvió a abrir el libro por donde lo había dejado: “... contagiado de un humor sombrío”. Ella también se sentía contagiada de un humor sombrío. La culpa era del tiempo. Mientras comían había empezado a caer una lluvia fina que ahora empapaba los cristales. Hacía calor dentro del autobús y fuera empezaba a formarse una densa niebla. Pronto hubo que aguzar la vista para poder divisar los campos cada vez más verdes.

“La momentánea frustración de sus proyectos le produjo...”
—¿Ha estado de vacaciones? —preguntó de nuevo el chico, guardándose los auriculares y el reproductor de música en un bolsillo.
—Sí, tres semanas.
En vista de que Sofía no decía nada más, él soltó:
—¿Sabe? Creo que la sociedad que John Lennon nos pedía que imagináramos es bastante anarquista.
El chico necesitaba conversar. Apretó el libro que tenía entre las manos. Quería acabarlo antes de llegar a casa, pero aquel chico necesitaba conversar. Al fin dijo, sin cerrar el libro:
—La verdad es que nunca me ha gustado mucho esa canción.
Él asintió, y Sofía cotinuó con su lectura por donde la había dejado: “... le produjo una confusa sensación de vergüenza y resentimiento”.

  “Le sintió totalmente humano, pero impasible, como si lo estuviera viendo en la pantalla de un cine.” Su mirada se quedó suspendida sobre aquella frase. Quedaban más de dos horas de viaje, y sólo diez páginas de libro, así que decidió entablar conversación con el chico de pelo castaño.
—¿Por qué te has ido de casa? —preguntó. Pero al levantar la vista se dio cuenta de que él se había quedado dormido con la cabeza apoyada en el cristal. Así pues, siguió leyendo.

“Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder...” Todavía quedaba hora y media de viaje, y sólo una palabra por leer: “Mierda”. El chico todavía dormía a su lado...

—Señora... ¡Señora! —Se sintió zarandeada. Abrió despacio los ojos—. Hemos llegado a San Sebastián.
El chico la miraba todavía con su expresión atormentada.
—Gracias.
Bajó del autobús y fue a recoger su maleta. Al volverse, vio que su compañero de viaje caminaba hacia la salida de la estación con una mochila como único equipaje. Corrió tras él y le llamó:
—¡Eh, Lennon!
Él se volvió. Había un poco menos de tormento en su expresión.
—Me llamo Germán.
—Sofía —respondió ella, tendiéndole la mano—. Buena suerte.
—Igualmente.
Luego se dio la vuelta y continuó caminando.


Sacó el equipaje del maletero pensando que éste sería el último autobús que cogería en mucho tiempo. Caminó por la acera húmeda de lluvia despacio, cansada por el viaje y temerosa de llegar a casa. Las ruedas de la maleta traqueteaban sobre el pavimento. El calor era sofocante, aunque habría sido soportable de no haber sido por la humedad, que se adhería a la piel y la volvía pegajosa. Al doblar una esquina divisó su casa al final de la calle, y el calor sumado al cansancio hizo que de pronto tuviera prisa por llegar. Aceleró el paso y las ruedas de la maleta armaron más escándalo si cabía sobre las grietas del suelo. Al llegar a su puerta se paró. Las plantas de los maceteros que flanqueaban los tres peldaños que daban a la entrada estaban, como había temido durante las tres últimas semanas, algo mustias pero húmedas por la reciente lluvia. Subió los escalones dando tres fuertes tirones a la maleta, que llegó a su lado en tres golpes. Sacó del bolso el manojo de llaves y abrió. Entró en la casa y al cerrar la puerta detrás de sí sintió un crujido: fue como si una grieta comenzase justo en el marco de la puerta y se extendiese, dividiéndose hacia el techo y hacia las paredes colindantes, como si esa enorme grieta se ensanchase e hiciese que tabiques y techo perdieran el equilibrio para que, finalmente, se le cayese la casa encima.
  Sacudiéndose los escombros de la casa vacía del pelo y los hombros, y abandonando la maleta en el recibidor, viró hacia la izquierda y entró en el comedor.
  —Buenas tardes, Pedro —saludó. El gato atigrado respondió desde el sofá en el que dormitaba abriendo lentamente los ojos y parpadeando dos veces para después volver a acurrucarse en su siesta. Sofía se sentó a su lado y le rascó con cuidado entre las orejas—. Veo que me has echado de menos.
  El gato debió de sentir las notas tristes en la voz de su dueña, porque removió su calma y, tras estirar bien las patas delanteras, volvió a acurrucarse en su regazo.
  Sin dejar de rascarle las orejas a Pedro, Sofía echó un vistazo en derredor. Una película de polvo muy fina cubría los muebles de madera oscura: la mesa sobre la que reposaba el televisor, apagado incluso el piloto rojo, la de café y la grande de comedor, las cuatro sillas que rodeaban esta última, los anaqueles de las estanterías donde descansaban decenas de libros... Flotaban en el aire motas de aquel mismo polvo, bailando con los últimos rayos de sol que entraban por los orificios de las persianas...
  Antes de verse abatida por el sueño, Sofía levantó al gato de su falda y lo dejó con cuidado en el mismo lugar donde estaba cuando ella había llegado. De la mesa de café cogió y pulsó los botones de encendido del aire acondicionado y del reproductor de música, y pronto las motas de polvo que había suspendidas en el aire comenzaron a moverse al ritmo de Tchaikovsky.
  Salió entonces del comedor, cogió la maleta del asa y la llevó hasta las escaleras. Esta vez no la arrastró escalón a escalón, sino que la levantó a pulso del suelo y cargó con ella los dieciocho peldaños. Al llegar al segundo piso encontró el mismo panorama que se presentaba en el salón: las motas de polvo bailaban con el sol y reposaban sobre los muebles. El calor se le pegaba al cuerpo, así que llevó la maleta hasta su habitación y de un cajón sacó ropa limpia de estar por casa. Tras cambiarse, a pesar del cansancio del viaje, se armó de trapo, escoba y demás y en poco más de una hora había ventilado el polvo que en tres semanas se había acumulado en la casa. Cuando hubo acabado, se dio una ducha y se dejó caer al lado de Pedro en el sofá.
  Era ya de noche. Hacía rato que Rothbar yacía muerto y que los espíritus de Sigfrido y Odette habían ascendido hacia el cielo. Sofía escuchó el silencio después de tres semanas de ruidos, el silencio de la casa vacía frente a los ruidos de una casa habitada de verdad. El silencio, como la soledad, son realmente apreciables cuando hay momentos de ruido y compañía con que compararlos. De lo contrario, cuando no escuchar más que tu propia respiración se hace continuo, la soledad pierde su atractivo y pasa a ser uno de los sentimientos más tristes que se puede tener. En las tres semanas que había pasado en casa de su mejor amiga, al otro lado del país, los tres hijos de ésta habían hecho que forzosamente echase de menos el silencio en algunos momentos. Pero el solo pensar en la obligación de volver a la desierta cama, al turbio espejo y al corazón vacío, a su soledad, le removía el estómago.
  Llegó un punto en que sintió que el calor, el cansancio y el ronroneo de Pedro la empujarían a brazos de Morfeo de un momento a otro, por lo que se levantó del sofá tan deprisa que sintió como si hubiesen rebobinado una caída a tiempo real. El gato se asustó y saltó también al suelo para acompañar a su dueña hasta la cocina, y una vez allí bebió del cuenco de leche que ella acababa de colocar en el suelo. Sofía volvió al piso superior, dejando a Pedro a oscuras. Antes de que dieran las once, se dejó caer sobre la cama deseando que las cuarenta y nueve semanas de soledad que viviría antes del verano siguiente pasasen deprisa.

1 comentario:

  1. que suerte tropezar con sitios tan bonitos como este, me ha gustado mucho el texto, engancha tu forma de escribir...
    :*!

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