jueves, 27 de diciembre de 2012

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  La lluvia da al aula de la facultad un aspecto invernal. Las ventanas cerradas no dejan pasar la luz pero sí esta humedad que se escarcha en las pestañas y se mezcla con las legañas en los ojos somnolientos. En días como hoy los bolígrafos de los pocos cuerpos que ocupan las primeras filas reposan sobre las mesas. Cuando el profesor pregunta tras la explicación si hay alguna duda, le responde el silencio. Aquellos cuyos cerebros han sido capaces con esfuerzo de alejarse más del sueño consiguen formar un pensamiento coherente: que todos se han perdido a partir del momento en el que ha empezado a hablar. Nadie lo dice, claro, pero finalmente él se da cuenta de que nadie le escucha y les despide hasta el próximo día. "A volar", dice. 
  La lluvia da a la calle un aspecto otoñal. Pareciera, de hecho, que en esta calle concretamente es siempre otoño. El suelo nunca queda del todo desierto de las hojas marrones que caen de los árboles; hoy, no obstante, las hojas están mojadas, lo que da pie a algún que otro resbalón. Como en ese momento no llueve,  puede verse a lo largo de la acera de las facultades de Filosofía e Historia a varias personas vendiendo libros de segunda mano, y, por supuesto, los correspondientes estudiantes hojeándolos. Yo, personalmente, procuro ralentizar mis pasos a la altura de estos libros tan baratos como húmedos, pero nunca acabo de pararme del todo, porque el frío se me ha colado en el timo, entre los pulmones, y no me parece buena la idea de retrasar mi llegada a casa. Supero en total a tres de estos vendedores ambulantes, el último de ellos un barbudo descalzo con dos perros empapados.
  La lluvia da a la parada del metro un aspecto estival. Pareciera, en realidad, que conforme va bajando cada uno de los escalones de la boca del metro (qué curioso que se llame "boca"; es como si la tierra nos tragase) y la escalera mecánica (con la que mantengo esta extraña relación de amor-odio) una se fuese sumergiendo poco a poco en un día de verano lluvioso. El calor obliga a todo el mundo a quitarse el abrigo, y una especie de vapor lo sume todo en la humedad onírica de cualquier domingo. En el andén hay pocas caras porque no es hora de idas ni de vueltas, pero aún se encuentran algunos ojos somnolientos y algunas narices moqueantes, que se ponen de pie al escuchar al basilisco metálico a lo lejos. Una vez dentro del vagón, quien permanece en pie lo hace por voluntad propia; yo me siento con las rodillas muy juntas y la cartera apretada contra el pecho. Poco a poco el mismo sueño que me acompañaba en el aula de la facultad viene a sentarse a mi lado y voy poco a poco voy dejándome caer hacia delante hasta que la propia cartera me sostiene. Me duermo y sueño que me roban, no la cartera, que está a buen recaudo entre mi pecho y mi regazo, sino a mí, a mi persona. Sueño con un rapto que me encierre para siempre en este inframundo estival hasta que un frenazo me avisa de mi parada. Luego salgo de la boca del metro, me recibe el otoño de la calle y finalmente llego a casa preguntándome si será primavera en algún rincón de la ciudad.

3 comentarios:

  1. Que bonito escribes paisana,
    que pases un bonito fin de año y que el nuevo
    te traiga muchas felicidades.
    ¡Feliz 2013!
    un abrazo.

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  2. Será primavera si tú quieres que en algún rincón lo sea, todo es cosa de buscarla. :)
    ¡Felices fiestas!

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  3. Me encanta.

    Feliz año, Lucía. Un abrazo.

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