lunes, 28 de enero de 2013

Domingo


Hoy por ser domingo voy a casa, al pueblo, a comer con mi familia. No me gusta la ciudad los domingos por la mañana; me parece exactamente igual que el resto de la semana: los coches van de un lado a otro, todo el mundo tiene prisa. Después, en el autobús, todos parecen muy contentos, con muchas ganas de charlar, nadie viaja solo. Yo leo. El trayecto es el mismo de siempre: el trayecto de vuelta a casa. Una vez en el pueblo bajo en la plaza; no es la parada más cercana a casa, pero me permite pasear y ver si hay cambios. Y cambios hay, pero de esos que sólo ve una misma. Es como cuando estás con una persona a la que hace mucho tiempo que no ves y no te das cuenta de que se ha cambiado el corte de pelo, pero la encuentras mayor, más guapa, a lo mejor. Eso me pasa con el pueblo: no lo notaría si hubiesen pintado esta pared de otro color, pero sí lo noto más bonito que antes, pese a encontrarlo igual. Al llegar a mi casa lamento no haber cogido el autobús más temprano: por la mañana el sol cae de una manera muy especial sobre la fachada y me habría encantado llegar a esa hora. Pero a la una del mediodía ya ha acabado ese espacio de tiempo. El vecino tiene la puerta del garaje entreabierta y limpia el coche dentro. Me asomo y saludo, él sale. Me doy cuenta de pronto de que Francisco es esa persona de la que hablaba antes, esa a la que hace mucho que no ves y de la que no sabrías decir si lleva el pelo cortado como siempre. Pero sí noto que está viejo, muy viejo. Francisco está viejísimo. Me pregunta por la vida en la capital y por los estudios mientras le tiemblan mucho las manos y la voz. Me despido y entro en casa. Parece que no hay nadie hasta que mi madre llama desde el piso de arriba. Está en la cama. Me siento a su lado y le pregunto cómo está. Mi madre llora de tedio, de cansancio, de impotencia, de dolor. Me cuenta de medicamentos y horas en la cama.
―¿Y tú?
―¿Yo qué?
―¿No me cuentas nada?
―Francisco está muy viejo.
―Viejísimo. No va a aguantar ni dos telediarios.
―¿Y el papá?
―De entierro. Se ha muerto este.
―No sé quién es.
―El marido de esta.
―No sé.
―El padre de aquella.
―Ah.
―Te noto rara.
―Yo también me hago mayor.
―Ya.
Después llega mi padre. Sube y mi madre anuncia más muertes.
―Se ha muerto tal.
―Pues tierra con él ―. Así es mi padre.
―Lo van a incinerar.
―Ah.
Luego yo bajo a tender un pijama que me ha comprado mi madre. Tiene dibujos de corazones y animales y hacía mucho que no tenía uno así y mientras lo tiendo lloro un poco. Luego me doy la vuelta y desde mi patio veo a Maite en su balcón, que tiende también, con su batín afelpado y su delantal. La miro un rato, pero ella no me ve. Vuelvo adentro. Más tarde llegan los demás: mi hermana, mi cuñado y la bebé. La bebé es pequeña y Paula, valga la redundancia. Mientras comemos mi madre pregunta a mi hermana si no me nota rara.
―Estará enamorada.
No me ha mirado mucho. Después recogemos y yo me despido. Vuelvo a darme el paseo hasta la plaza y espero a que llegue el autobús. Dos señoras hablan delante de mí.
―Se ha muerto tal.
―¿Cuándo?
―Anoche.
―¿Y cuándo lo entierran?
―Lo van a incinerar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario