viernes, 15 de febrero de 2013

Dalloway

  Le gustaba pensar su propia vida en tercera persona y en pretérito; le parecía que aquello la hacía menos prosaica de lo que ya era. Solía evitar mirar a personas, animales, cosas y sucesos en general simplemente dibujándolos en su cabeza; prefería, por el contrario, describir todo lo que vivía, como si en realidad estuviese viviendo para otra persona y ella no fuese más que una mera narradora para la que mil palabras valían más que cualquier imagen. Y en esta narración estaba en aquel momento, sentada frente a los ascensores de la séptima planta de aquel edificio que tenía más aspecto de hospital psiquiátrico que de lo que realmente era. Las puertas que daban a las escaleras (sólo de bajada) estaban abiertas; las miró un momento intentando determinar el porcentaje de personas que las usarían con respecto a todas las que accedían a la planta a lo largo del día. De que no serían muchas estaba segura. Por ellas subió durante la hora que estuvo allí solamente una brisa muy fría que la hacía tiritar. La pared donde se encontraban las puertas de las escaleras y los ascensores estaba vacía, a excepción de algún cartel; la del otro lado del pasillo (que quedaba a espaldas de ella), cubierta de paneles de corcho que contenían papeles con horarios, notas y demás. Otro día habría permanecido de pie leyendo aquellos papeles llenos de nombres de personas que no conocía; pero no aquel: aquel se había sentado de espaldas a ellos. Las baldosas del suelo eran grises; del uso, se veían mates en el centro del pasillo y brillaban en los lados. Y en el lado brillante de aquellas baldosas tenía ella apoyados los pies, enfundados en sus zapatos negros. Los zapatos estaban muy usados y no hacían un contraste agradable con los pantalones de color azul marino, pero aquella mañana no había sido capaz de encontrar los zapatos azules. Se dio cuenta de que prendido del pantalón tenía un pelo de color gris de unos cinco centímetros: un pelo de la gata. Se sacudió la pernera hasta que aquel cayó al suelo y, aprovechando la inclinación hacia delante, se subió el calcetín derecho, que había quedado arremangado alrededor de su tobillo durante una carrera. Que un calcetín se descolgase así de su pantorrilla (generalmente porque la goma de aquel había dado ya demasiado de sí) le producía una sensación en la pierna que no le resultaba nada agradable, quizá por el roce del pantalón. Pero cuando llevaba mucho tiempo allí, casi dejándose ver por debajo del camal, aquel revoltijo formado por el calcetín dejaba de resultarle molesto, pues dejaba casi de reparar en él. Cada pocos minutos las puertas del ascensor se abrían y dejaban salir a su carga: unas veces una persona, otras veces dos, otras tres, como máximo; y todas giraban hacia su izquierda, hacia la derecha de ella, nadie hacia el otro lado. Se preguntó, mirando los números de las pantallas que había sobre las puertas de los ascensores, por qué cada vez que estos paraban en una planta cualquiera, se escuchaba en la séptima un sonido, como de una campanita; paraba en la cuarta planta, din don, paraba en la primera planta, din don, paraba en la quinta planta, din don. La campanita empezó a molestarle cuando llevaba allí sentada media hora. Tenía entre las manos un libro con las tapas blancas y letras negras, un libro maravilloso que, pensó, sin considerarlo su libro favorito, le habría encantado escribir a ella misma; pero aquella campanita del ascensor la molestaba tanto que no podía concentrarse en la lectura. Mirando la portada del libro (Duncan Grant: At Eleanor: Vanessa Bella), tuvo una revelación repentina: llevaba cerca de una hora allí sentada, helada por la brisa que subía por las escaleras y perdiendo los nervios por un calcetín arremangado y el sonido de un ascensor que nunca acababa de traer a quien esperaba, sin estar segura siquiera de si llegaría.

1 comentario:

  1. Si la espera tenía como objetivo a Marina, es posible que antes llegase el mismo Godot.

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