lunes, 20 de mayo de 2013

Sístole, sístole, diástole.

Verás, lo recuerdo muy bien:
  Pasó un día de la semana que no tenía ninguna ese. Estaba latiéndome el corazón como suele a menudo desde que nací hace algunos años, en el siglo pasado, con sus contracciones y sus dilataciones, tranquilamente, sin hacer más ruido del que era usual, cuando de pronto lo sentí. Llevaba mucho tiempo deseándolo, pero no estaba pensándolo en aquel momento concreto. Noté cómo en una sístole de millones salías de mi corazón. Así, sin más, como si en realidad hubieras estado encerrado en un traje que se te había quedado pequeño hacía mucho, y no al revés. Saliste como a presión, disparado. Yo me quedé muy quieta; creo que hasta el ritmo de contracciones y dilataciones paró durante un instante ("para qué seguir latiendo si ahora estoy vacío", debió de pensar mi corazón). Un momento nada más.
  Pero hay que tener mucho cuidado con lo que se desea porque se puede cumplir, y yo lo supe entonces: cuando mi organismo volvió a funcionar con normalidad, pude comprobar que habías salido de mi corazón para correr por mi cuerpo entero.

2 comentarios:

  1. una pasada, La verdad, me ha encantado. no tengo mucho màs Que decir. Muy muy bueno.

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