domingo, 23 de junio de 2013

Flotar

   Me muero de ganas de flotar. Es una sensación que me asalta todos los años por estas fechas, con el cansancio de haber sobrevivido un año más, y que se parece al calor estival: en las noticias se escucha cada año eso de el verano más caluroso de la historia, y en mi cabeza resuena algo así como las mayores ganas de flotar de mi histeria. Es una sensación rara: quiero flotar en el aire o en el agua, sin que me toque ni un poco de esa molesta gravedad, sin que nada me sujete al mundo. Eso es, precisamente: desasirme del mundo, como ese momento que pasa entre que tocas el fondo de la piscina con las yemas de los dedos y alcanzas la superficie, pero sin hacer el más mínimo esfuerzo por salir. Ni por respirar. Como si esperase no tener ganas de llorar suspendida en el agua o en el aire, como si lo que me diera ganas de llorar fuera el mundo. Como si. Me imagino ahí flotando como un astronauta en medio del espacio o como un alga desarraigada en medio de algún océano, como si mi cuerpo ya no fuese cuerpo sino espacio u océano, y creo que así ya no tendría legañas en las pestañas, ni moraduras en los codos, ni arañazos en los muslos, porque ni a la nada ni al agua les salen legañas, ni moraduras, ni arañazos. Y ya no estaría cansada. Es una sensación muy rara.


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