miércoles, 26 de junio de 2013

Tempus fugit


  Se oye mucho decir últimamente y primeramente y siempre a las personas humanas y a los humanos no tan personas que el tiempo está loco. Y yo he venido aquí a romper una lanza en favor del tiempo, que lo único que hace es pasar y pasar de nosotros, y que ni siquiera lo hace queriendo, el pobre. El tiempo no está loco; lo que nos ocurre es que nos pasamos la vida entera literalmente habitándolo y nunca jamás llegamos a comprenderlo del todo: por eso decimos que está loco (como me pasa a mí con la luz de las escaleras de mi casa: siempre le doy al interruptor contiguo y dejo a oscuras a quienes estén en el comedor, o doy luz al comedor si en el comedor no hay nadie, y nunca acierto a la primera). Pero el problema es que los locos somos nosotros y no queremos reconocerlo. Porque, a ver, si unos dijeran que el tiempo pasa muy deprisa y otros que hay tiempo para todo, la división sería terrible, daría para guerra civil o yo qué sé qué; pero no, la cosa está todavía peor: unos y otros dicen que el tiempo pasa muy deprisa y los mismos unos y otros dicen que hay tiempo para todo. Vamos a ver: que se aclaren, por mi vida y por las suyas respectivas. Pero no, es mejor decir que el tiempo está loco. Como si en realidad no fuera el tiempo el que nos vuelve locos a nosotros. Como si hoy no pareciese que apenas ha pasado media hora desde la mañana del domingo pasado, o como si no pareciese que el domingo pasado hubiera durado tres semanas seguidas. En serio: el tiempo no está loco, sólo se hace el loco para hacernos enloquecer a nosotros. Es como eso de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Estamos muy locos y el tiempo lo sabe muy bien, porque está muy cuerdo siendo una cuerda, que no ata pero de la que no podemos soltarnos nunca, como cuando íbamos de excursión en preescolar todos en fila india, agarraditos de la cuerda. Aunque tengamos la sensación de que los quince, veinte o veinticinco años que han pasado desde aquellas excursiones hayan durado el doble que los treinta, cuarenta o cincuenta que faltan para que seamos viejos de verdad.
  Pero seamos educados por un momento, dejémosle pasar y pensemos: da igual el momento en que nos decidamos a hacerlo, siempre que cojamos un reloj y contemos los tictacs, veremos que un minuto cuenta con treinta tics y treinta tacs, invariablemente.


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