domingo, 2 de junio de 2013

Hey, Jude.

  Veréis: esta tarde he ido a estudiar a la biblioteca de la facultad. Me ha puesto un poco (más) triste que allí no hubiera nadie vistiendo pijama. Pero en fin. 
  He estado un rato estudiando flexión nominal del latín (con cameos de la yod y la wau y algunas laringales) y se me ha puesto un dolor de cabeza por encima de la media. Pero en fin. 
  Luego volviendo a casa en metro he visto a dos chicos que hablaban en inglés, uno con lo que parecía un tam tam y otro con una guitarra metida en una funda; mientras el primero marcaba el ritmo con las manos, el segundo iba inventándose una canción sobre la marcha que decía algo sobre two handsome boys in Spain que iban a hacer no sé qué con unas beautiful Spanish women y yo iba odiándoles cada vez más por alimentar mi dolor de cabeza. Pero en fin. De pronto el del tam tam ha vuelto la cabeza hacia la chica que estaba sentada a su derecha, que llevaba unos cascos puestos, y le ha preguntado en román paladino qué estaba escuchando; ella ha puesto cara de irse a morir de vergüenza y no ha respondido; él le ha preguntado si escuchaba música española; ella ha negado con la cabeza; él le ha preguntado si música inglesa; ella ha afirmado con la cabeza; él ha dicho algo que no he entendido bien y luego ha repetido: “¿Avril Lavigne?”; ella ha contestado que no, que los Beatles; de parte de los chicos, mucho jolgorio y “¿qué canción?”; de parte de ella: “Hey, Jude”. Y bueno, entonces el de la guitarra ha desenfundado y han empezado a cantar los dos juntos justo antes de darse cuenta de que tenían bajar del metro. Nos han abandonado con unos “hasta luegou” muy graciosos y con un “Hey, Jude, don't make it bad, take a sad song and make it better”, al que yo he añadido mi “y hey, Jude, a ver si después de todo eso de la canción tienes un rato y nos ayudas a buscar a la gata”. 
  Porque veréis, aquí quería llegar yo: la gata de la dueña del piso donde vivo (y también un poco mi gata) se había escapado unas horas antes, al mediodía. Es esta:


  No responde a ningún nombre porque tiene una de las grandes virtudes que tienen los gatos: que no habla. Pero se llama Auryn (como no sé qué amuleto de La historia interminable). No sé cuántos años tiene (ella ya estaba aquí cuando yo llegué), pero es una bebé. Hace cosas de gatos: araña cuanto encuentra, se lame las patas, te mira desde el sillón en el que te quieres sentar pestañeando muy despacio plenamente consciente de su belleza. Al principio no nos llevábamos muy bien porque yo era nueva aquí y ella hacía gala de su intrusismo colándose en mi habitación para llenarme las sábanas de pelos, pero luego nos fuimos acostumbrando, ella a mis manos y yo a cerrar bien la puerta.
  Veréis: Auryn es el ser vivo con el que más tiempo he compartido en este annus horribilis que estoy viviendo (ahora cuido también de una planta, pero esa es otra historia). Es muy pequeña, nunca había salido de casa y quizá no sepa volver. Estoy bastante triste.

  Bien: eso es todo. Quería que lo supierais.

6 comentarios:

  1. suerte con la gata! espero que la encuentres.
    y unos ingleses adorables, a mi parecer :)

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  2. Ojalá cuando vuelve a Valencia, Auryn me reciba con su habitual indiferencia. Ojalá, en serio.

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    1. Ojalá volváis tú a Valencia y Auryn a casa.

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  3. ¡Auryn, vuelve! Seguro que ha ido a buscarte unas aspirinas para ese dolor de cabeza. :-)

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