miércoles, 21 de agosto de 2013

Querida,

hoy te he encontrado asomada al espejo del cuarto de baño,
preguntándote cómo puede caber tanto mar en tan poca bañera,
intentando recoger las caracolas de los azulejos,
peinándote la melena,
y no he podido menos que desear
que si has de darte a la misantropía no sea por odio a las personas,
sino por no considerar personas a la mayor parte de la gente;
que adores la soledad,
pero que nunca te falte con quien compartirla;
que huyas tantas veces como te dé la gana,
siempre y cuando no olvides los motivos que tienes para volver;
que tomes el Sol cuanto quieras y te bañes en la Luna más todavía,
y que dejes la ropa tirada en la orilla mientras tanto;
que sigas llevando vestidos de flores
incluso cuando se haya acabado la primavera;
que no le des tiempo al tiempo,
porque es como colocar un espejo delante de una persona muy fea;
que nunca sientas uno de esos amores que son como grapas:
que unen a las personas, pero las perforan sin remedio;
que acaricies y escribas cualquier parte de cualquier persona
hasta que te duela la mano, pero nunca hasta que te duela el corazón;
que quieras de todas las formas que te sean posibles:
que leas, que digas muchas verdades, que escribas,
que sientas -huelas, mires, degustes, escuches, palpes-,
que duermas sin dejar nunca de estar despierta,
que sueñes, que inventes, que vivas;
que seas inmortal durante setenta u ochenta años,
y que tardes el mismo tiempo en hartarte de vivir;
que enloquezcas cuantas veces desees, 
pero 
nunca 
desfallezcas.

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