martes, 8 de octubre de 2013

  No he escrito nada desde que me dijiste que no me quieres. Es mentira, no me lo dijiste; pero me di por enterada. El caso es que no he escrito nada. Me he reído desde entonces alguna que otra vez, pero sólo con la boca, sin usar los ojos ni el corazón, así que no sé si cuenta. He estado con personas, pero no eran tú, así que tampoco sé si cuenta. Algunas veces caminando por la calle me ha envuelto el olor de tu jabón... pero nada. Desde entonces no he querido morirme, de verdad; sólo de tumbarme muy quieta debajo de una manta con la mejilla contra la almohada y abrir los ojos lo mínimo posible. Y de escuchar Tú me acostumbraste de Chavela Vargas en bucle. Y de llorar lo que haga falta. Hace unos días murió Francisco y no sé si he estado llorando por él o por ti. El mismo día vi una película francesa muy triste y no sé si lloraba por la película o por ti. Sin embargo, cuando lloro por ti, sé que lloro sólo por ti. 
  He estado algunos días con agujetas en la boca del estómago, y creo de verdad son de llorar. Lloro de miedo a que no me vuelvas a llamar, o a que llames para decirme que es la última vez que me llamas. De miedo a que te despiertes una mañana temprano, o una noche de un sobresalto, o una tarde después de una siesta muy larga, habiendo decidido en sueños que se acabó todo esto. De miedo a que lo decidas en la vigilia. De miedo a echarte de menos ininterrumpidamente, a no verte nunca más, o a no dejar de echarte de menos ni cuando te tengo al lado porque, aún estando, no estés. De miedo incluso a que te mueras. De todos los miedos que lleva intrínseco querer.

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