jueves, 10 de octubre de 2013

Piedad


  Hoy hace una semana que murió Francisco. Ningún día, desde entonces, he dejado de pensar en ello. En él y en Piedad. En Piedad más que en él, realmente. Porque Francisco, aunque quizá esté mal decirlo, a los 77 años había vivido; pero ella, a los 65, no tenía edad de enviudar todavía. Pienso en Piedad y en los casi 50 años que llevaba al lado de Francisco. Y en los (por decir una cifra) 20 que le quedan por vivir sin él. Es decir: pienso en los 47 años que Piedad y Francisco llevaban compartiendo cama, mesa y vida, y en que ahora ella va a tener que acostumbrarse a hacer todo esto sola, o, como mínimo, sin él, y en que va a tener que hacerlo durante todo lo que le quede de vida. Y eso me pone muy triste.
  Me pregunto a ratos si volveré a oírla inventar las letras de las coplas mientras riega las plantas del patio. Seguro que no; y no me pone triste no ir a escucharla, sino que no vuelva a cantar.
  Tres días después de que Francisco muriera, mi madre, mi abuela y yo fuimos a ver cómo estaba Piedad. Mi abuela le dijo: "Te dolerá la cabeza de llorar, ¿verdad?" Ella levantó la cabeza y le contestó: "Isabel, me duele el corazón".

1 comentario:

  1. El final es la respuesta de muchas mujeres cuando ya no saben qué les duele, porque les duele todo, corto y bonito.

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