lunes, 28 de octubre de 2013

Siempre que me preguntan digo que resbalé.

    Siempre que me preguntan digo que resbalé. Por supuesto, las piedras estaban mojadas y yo iba descalza: habría sido absolutamente normal. Recuerdo bien que antes de saltar me vinieron a la mente Kate Winslet y Leonardo DiCaprio en Titanic. Hacía mucho viento, y no me dio por recibirlo con los brazos abiertos porque no podía permitirme tanto romanticismo ni en un momento como aquel. Y porque no tenía a nadie que me sujetase por la cintura desde atrás, claro.
    En aquella época llevaba la melena muy larga y rompía a llorar con demasiada frecuencia; en aquel momento el viento me alborotaba el pelo y no lloraba ni una lágrima. No podía ver bien la línea del horizonte entre el cielo gris y el mar gris; aparté la mirada de aquel borrón turbio y miré a mi alrededor: no había nadie cerca. Así que salté. No es que tomase impulso y me elevase unos centímetros del suelo para acabar cayendo al vacío; simplemente, más bien, avancé hasta el borde de las rocas, di un paso hacia delante y mis pies no encontraron donde descansar.
    La caída se me hizo eterna. Por un momento pensé que todo aquel viento iba a cogerme al vuelo y a devolverme al punto de partida, pero lo único que ocurrió fue que la falda del vestido decidió dejar al descubierto mi ropa interior. Creí que iba a morirme de frío antes de que mi cuerpo se descoyuntase contra las rocas, así que preferí no hacer el esfuerzo de taparme; pero me equivocaba en todo. No morí de frío, ni choqué dolorosamente contra los salientes de aquella pared natural. Caí al agua de manera directa y vertical: primero se hundieron mis pies, luego mis rodillas, mi cintura, después mis hombros, mis labios y, finalmente, mi frente. De rabo a cabo. Mientras el agua me zarandeaba de un lado a otro, contenía la respiración y apretaba con fuerza los ojos, todavía despreocupada de que el vuelo de mi vestido dejase mis bragas a la vista de todos los peces, y al final una embestida líquida me llevó de frente contra una superficie dura.
    Abrí los ojos para ver al principio con tan poca claridad como justo antes de hundirme: estaba rodeada de una oscuridad luminosa, turbia y gris. Poco a poco la vista se me acostumbró a aquella luz extraña y pude ver flotando en el agua los hilillos de sangre que salían del corte que acababa de hacerme sobre la ceja izquierda. Tosí y por mi boca y mi nariz escapó el poco aire que me quedaba dentro. Mientras las burbujas ascendían hasta la superficie, yo empecé a respirar y tragar agua. La boca me sabía al arroz al horno que hacía mi abuela antes de dejar de cocinar, cuando sus despistes consistían sólo en olvidar si ya le había echado sal a la comida y acababa echando cinco o seis veces. Rompí a llorar.
    Estaba pensando en lo poco consolador que resulta llorar sin que las lágrimas rueden por las mejillas cuando oí, acercándose, una sirena: ninó, ninó, ninó, ninó, ni... No. No era una de esas sirenas: la oía cantar, venía a salvarme. La vi cuando estaba todavía lejos porque la melena le brillaba. Me recordó por un momento a los peces linterna, pero la verdad es que no tenía nada que ver con ellos: estoy segura de que era la criatura más bonita de la tierra, el agua, el aire y el fuego. El pelo dorado le flotaba alrededor de la cabeza y le iluminaba la mirada perversa, las mejillas verdes, la sonrisa afilada. Llevaba el pecho, perfecto, descubierto y tendía unos brazos lechosos y largos como tentáculos hacia mí; sentí entonces la necesidad de nadar por primera vez para alcanzarla, para rozarla, para asegurarme de que no era sólo espuma, para caer en sus garras perfectas, para pasear mis dedos desde su cintura hasta hasta el final de aquellas escamas de color aguamarina, que eran más agua marina que el agua transparente. Me cogió de las manos y se me nubló la vista: nunca nada tan frío me había provocado tanto calor. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Recuerdo que al moverse todas sus vértebras se manifestaban y serpenteaban en el centro de su espalda. Aún ahora estoy segura de que todas las botellas que en algún momento han ido a parar al mar contenían mensajes para ella, de que todas las cenizas que son lanzadas al azul pertenecen a muertos que quieren pasarse la eternidad a su lado. Flotábamos. Acercó su nariz a la mía y cerré los ojos. Me selló los labios con la boca en el beso más extraño que me habían dado en toda mi vida, sin dejar pasar ni un ápice de aire o agua. Noté su manos en mi pecho y esperé una caricia suave; sin embargo, me presionó rítmicamente y con tanta fuerza que creí que sus garras acabarían hundidas en mis pulmones. Me comprimió el pecho tres veces y abrí los ojos.


    Estaba tendida en la arena con un ATS agachado a mi lado. Me ayudó a incorporarme y vomité todo el agua que me llenaba por dentro. Tenía el vestido pegado al cuerpo; alguien me había bajado la falda hasta las rodillas.

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