domingo, 29 de diciembre de 2013

Demasiado humanos

  Hoy había en el andén de la estación de trenes una pareja joven, de unos veinte años, sentada en un banco. Se abrazaban, ella le acariciaba a él la nuca, él a ella el pelo, se estrechaban las manos sin descanso; debían de estar muertos de hambre porque se comían la boca continuamente. A ratos ella apoyaba la cabeza en el hombro de él y a ratos él en el de ella; hablaban muy poco, como si sus respectivas vidas fueran a marcharse en los próximos trenes en direcciones opuestas. De repente, él le dijo a ella:
  –No quiero que te mueras.
  A ella se le llenaron los ojos de lágrimas: sintió que nunca le habían dicho sinceramente nada tan bonito. Tenían alrededor un cerco, un muro, una burbuja invisible que les separaba del resto de la gente: nadie se acercaba al banco donde estaban sentados; los viajeros pasaban de largo con sus maletas sin mirarles. Veía el andén lleno de gente, pero les miraba y sentía que ellos eran las únicas personas de la estación, de la ciudad, del mundo: como si ni siquiera yo hubiera estado allí. Juntos en aquel banco eran demasiado humanos para el mundo que les rodeaba: este que nos rodea a todos. De pronto por el megáfono anunció una voz femenina el próximo tren, con destinación a, en tres minutos, en la vía contraria. Entonces, ella murmuró:
  –Cruza o lo perderás.
  Él la rodeó con los brazos  y ella continuó:
  –Venga, nos besamos a través de las vías.
  –¿Y eso cómo se hace?
  –Con los ojos.
  Él sonrió y se fue. Luego, cada uno en un andén, se miraron fijamente hasta que llegó el tren y él desapareció dentro. Cuando ella dejó de sonreír a las vías, me acerqué y me senté en su banco.

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