lunes, 30 de diciembre de 2013

    Podría él haberse acostumbrado a ella: a sus manos finas, a que se mordiera las uñas, a sus cinco kilos de más, a su pecho pequeño, a sus caderas anchas, a toda su enorme ropa, a los leotardos gruesos y los jerséis de cuello alto, a sus movimientos lentos, a que durmiera hecha un ovillo refugiada en su costado, a que oliese los libros antes de leer su título, a que pasara los viajes enteros mirando por la ventanilla del coche en silencio, a que dejara en cualquier momento de hacer lo que estuviera haciendo para ir corriendo a escribir algún pensamiento, a que le escondiera papeles con poemas entre las páginas de todos los libros, a que siempre pidiera el café con leche desnatada, a sus quejas por no haber visto nunca nevar, a que nunca se acabase la comida que tenía en el plato, a que le mirase mientras él se hacía el dormido, a sentirla temblar sobre su almohada, a que rompiera a cantar sin música, a que rompiera a reír sin razón, a que rompiera a llorar sin motivo, a que no llegase nunca a la hora acordada, a que perdiera todos los trenes, a su tristeza de los domingos, a los mensajes de madrugada cuando no podía dormir... A todo esto podría haberse acostumbrado sin problemas. Pero nunca habría podido acostumbrarse a que le quisiera. 
    Se acostumbró ella a él sin ningún problema: a sus manos suaves y sus uñas cuidadas, a sus cinco kilos de más, a su pecho amplio, a su espalda ancha, a su ropa bien planchada, a las camisas colgadas del galán de noche y los calcetines oscuros, a sus movimientos firmes, a que la refugiase en su costado mientras dormía, al orden alfabético de sus libros en las estanterías, a su respeto hacia los límites de velocidad y el silencio durante los viajes, a que intentase leer por encima de su hombro todo lo que ella escribía pero nunca le pidiera que se lo enseñase, a que le hablase de poetas pero nunca de poesía, a las cajas de leche entera en su nevera, a su gusto por mirar al mar, a sus ingentes raciones de comida, a mirarle mientras dormía, a que la hiciera temblar cuando estaba sobre su cama, a que rompiera a reír cuando ella se ponía a cantar, a que sonriera cuando ella reía porque sí, a que la abrazase cuando lloraba sin más, a que la llevase a casa cada vez que perdía un tren, a echarle de menos los domingos, a buscarle de madrugada cuando no podía dormir... A todo eso ya estaba acostumbrada. Sólo le faltó acostumbrarse a que él también la quisiera.

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