miércoles, 4 de diciembre de 2013

Ya dejo que te vayas.

Estábamos los dos callados esperando
a que se pusiera verde el semáforo
preparando en los labios una despedida
para cuando las luces nos dejaran pasar.
Desde el otro lado del paso de cebra
el personaje rojo nos escrutaba
las dos narices, las cuatro manos
y las setecientas pestañas congeladas.
Llevaba dos horas callándomelo
y lo dejé caer antes de que fuera
mi alma la que rodara a nuestros pies;
el semáforo se puso en verde.
Él se quedó muy callado, mientras
labios cerrados cruzaban la calle,
mirando sus manos vacías
y mis guantes.
Me dijo que lo entendía;
muchos ojos andantes nos miraban
sin ver aquel punto de inflexión
de la historia;
dijo mi edad y sonó a la mitad;
los conductores pasaban de largo
sin reparar en el punto de inflexión
de mi histeria.
El semáforo volvió al rojo,
le apoyé la mejilla en el pecho,
me rodeó con los brazos
y quise quedarme a vivir.

La mejor parte de un abrazo de despedida
es el abrazo; la peor, la despedida.

Le dije: 
  Ya dejo que te vayas.

Y él:
  Cuí
        da
            te.

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