sábado, 11 de enero de 2014

Sin prisa

    Cuando uno camina por la calle con prisa (porque llega tarde, porque ha de hacer cosas muy importantes, porque el tiempo apremia), no es consciente realmente de que camina por la calle; uno camina con prisa y es sólo consciente de su prisa. Pero nunca lo es de la calle, que no tiene techo, ni parqué, ni calefacción, ni nada de lo que tiene una casa; tiene, a cambio, temperatura real, desconocidos y pasos de cebra. A mí me gusta caminar por la calle sin prisa porque la calle sin prisa me ofrece cosas únicas. El invierno en las mejillas, por ejemplo, o una chica extraña con falda de lunares y abrigo negro. Me gusta caminar sin prisa y no cruzar los semáforos en rojo aunque no vengan coches, quedarme de pie y mirar pasar, o mirar estar, o mirar mirar por las ventanas a los enfermos del hospital cuyas habitaciones dan a la calle. Me cruzo con una niña de uniforme y me pregunto de qué será el bocadillo que merienda, con una monja de negro y me pregunto si alguna vez le habrán roto el corazón, con un chico de mi edad y me pregunto si preferirá los perros o los gatos. Me paro a mirar los escaparates de las zapaterías y de las panaderías y quizá incluso entre en alguna librería. A veces doy un rodeo y paso por su calle de camino adondequiera que camine sin prisa. Al pasar por las terrazas de los bares, huelo el café de los clientes sentados y me compadezco de quien almuerza solo. Si llueve, me mojo (de las pocas veces que recuerdo coger el paraguas al salir a la calle, la mayoría olvido que lo llevo encima). Y luego, al llegar a casa, siempre tengo algo que escribir.

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