sábado, 1 de febrero de 2014

Un montón de heridas.

  Iba en el autobús pensando que hoy, justo hoy, tenía que ser el día en que hacíamos todo el viaje con las luces encendidas. Hoy que no quería leer, hoy que quería sólo tener el libro abierto en el regazo y doscientos milímetros más arriba los ojos cerrados. Sin que nadie me viera y sin ver a nadie. Y que se me iluminase sólo la cara en el momento en que diera luz a la pantalla del teléfono para leer tu último mensaje.

  Iba en el autobús pensando en el tremendismo. En que el optimista ve el vaso medio lleno, el pesimista medio vacío y el tremendista se ahoga en él. En que debería tomarme las cosas con más calma, porque cuando me las tomo a la tremenda me pegan muy fuerte, me sientan muy mal y luego me producen resaca. 

  Iba en el autobús pensando qué pasaría si volcara y yo no saliera. Si habría alguien que le diera a mi sobrina toda la poesía que llevo en la mochila cuando tuviera edad suficiente. Quién devolvería a la biblioteca los libros que saqué hace tres días. Si te dolería el estómago al enterarte o cuando me enterrasen.

  Iba en el autobús pensando en todas las cosas que escribo y no lee nadie. Las del diario sin candado. Las que escribo en un papel que luego doblo cuatro veces y escondo en una cajita, bajo llave, en el primer cajón de la mesilla, entre las bragas. En que me dejo el amor en todas las poesías y prosas que escribo, pero me guardo todas en las que más que dejármelo lo hago. Pienso en ahogarme en tu boca hecha agua al leerme desnuda.

  Iba en el autobús pensando. En la poesía. En ti. En mí. En la vida. En el amor. En la muerte.

1 comentario:

  1. Me gusto mucho lo que has escrito, no tengo mucho que decir al respecto, solo que es bueno pensar un poco, estar solos para pensar hace bien.
    Un saludo

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