miércoles, 9 de abril de 2014

Sólo media hora

    El despertador suena, como cada día, a las nueve y media, antes de que me haya dormido. Encima de la mesilla hay tres libros, un cuaderno con flores en las tapas y un bolígrafo de tinta negra. Anoche estuve escribiendo buscando el sueño, pero no lo encontré. También hay una caja de diazepam. Creo que estoy aumentando tanto la dosis que el día en que por fin me haga efecto y consiga quedarme dormida ya no me volveré a despertar. Pero aún así sigo aumentando. Evito un rato salir de debajo del edredón porque no llevo más que una camiseta de tirantes y las bragas, y en el mundo más allá de las sábanas hace frío. Pero aún así acabo, después de estirarme, levantándome. Rápidamente me desnudo y me meto bajo el chorro de agua caliente de la ducha. Permanezco así mucho rato: diez minutos, quizá quince. No se nota que lloro. Luego me enjabono la cabeza con olor a frutas tropicales y el cuerpo con olor a coco y chocolate, y el ayuno y los olores me marean. Después de aclararme me resisto un rato a salir de la ducha, porque sé que en el mundo más allá de la mampara hace frío. Pero acabo saliendo, claro. Me envuelvo deprisa con el albornoz y vuelvo debajo del edredón. Con el pelo todavía húmedo y entre náuseas, me quedo dormida cuando el reloj da las diez en punto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario