martes, 24 de junio de 2014

El resto era contingente.

La cosa más cierta
que puedo decir de él
tiene menos que ver con él
que con el resto:
que el resto era contingente,
él lo único necesario.

Tenía tórax de caracola:
cada vez que le apoyaba
el oído sobre el pecho
oía olas rompiendo
dentro de sus pulmones;
para nada necesitaba el mar.

Para qué iba a necesitar mantas
si con ponerme él la palma
de una sola mano
sobre la espalda
o la mejilla
ya me cubría entera.

Cada vez que me besaba
me crecían en la boca
margaritas blancas
con los pétalos intactos;
no necesitaba que me regalase
ramos de flores.

Pero si él no me quiso
con toda la piel desnuda,
sin gafas, despeinada
¿para qué voy a necesitar
que cualquier otro me quiera
de cualquier otra manera?

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