viernes, 6 de junio de 2014

Escribes como una loca.

    Escribes. Escribes, escribes y escribes. Escribes como una loca. Te brotan palabras de los dedos, de la lengua, de la frente, como si fueras toda una herida abierta que escupe sangre a presión, una herida que no se cierra nunca, como si fueras una hemofílica con cuerpo de úlcera eterna. Te brotan como un vómito de todo lo tragado y de todo lo que no pudiste tragar; te nublan desde dentro y te abrasan al salir; sólo respiras cuando, por fin, te has deshecho de ellas. 
    Pero no es suficiente. Sangras y sangras pero la herida no cura nunca. Hay algo dentro que no funciona bien. Algo que te impide encajar, que te impide dormir tranquila, que te impide ser libremente. Algo que te impide vivir todos los verbos. Un virus que te infecta el ser al que no le importa cuánto hayas vomitado, que siempre está ahí, llevándote a la náusea. Da igual cuánta sangre hayas perdido, cuántos pañuelos hayas manchado, cuántas hojas en blanco hayas arrugado. Nunca se arregla. Sabes que te nace en la cabeza pero tú lo sientes en el centro del cuerpo, entre las vísceras, en algún pozo de ti al que nunca se ha asomado nadie. No es tristeza, ni felicidad, ni rabia, ni soledad, ni amor, ni odio, ni asco, ni ganas; no son las cosas vividas, ni las que te gustaría haber vivido, ni las que vivirás algún día, ni las que no vivirás nunca jamás; no es nada de eso y es todo eso al mismo tiempo. Eso y mucho más. Una mezcla explosiva que intentas controlar porque cuando alcance su límite no dejará que nadie pueda salvarse. No, sí, todos estarán salvados. A quien no podrán salvar será a ti. Tú estarás perdida. 
    Para dejar que la herida respire, para que no acabe ahogándote, para no perderte; para eso escribes.

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