domingo, 15 de junio de 2014


    Me considero una persona normal en lo tocante a lo social: no soy especialmente introvertida ni especialmente extrovertida. Procuro llevarme bien con todo el mundo en la medida de lo posible, no tener con nadie relaciones demasiado malas ni demasiado buenas. Pero esto no es siempre posible, claro. Hay en el mundo personas a las que no puedo aguantar de ninguna manera, y personas sin las que de ninguna manera podría vivir.
    Abrirse a las personas me parece muy necesario, porque si no dejas que nadie entre estás, simplemente, vacío. No sé si dejo entrar a mucha gente o a muy poca. Lo único que tienen todas en común es que lloraría por todas ellas. Serán unas diez o doce personas, supongo que lo normal: mis padres, mi hermana, mi sobrina, cuatro o cinco amigos, un par de profesores.
    Cuando les abres la puerta les das permiso para disponer de todas tus cosas a su antojo. Tocan aquí y allá —a veces queriendo, a veces sin querer— y te cambian los mecanismos, las costumbres, los gustos, todo. Por esto, dejar que las personas entren en ti tiene sus riesgos. Hay personas que traspasan tu puerta abriéndote muy gustosamente la suya, pero a veces la abres a personas que no tienen ninguna intención de dejarte entrar a ti. Hay quien entra, se da un paseo y luego sale con más o menos ruido, dejando el plato en la mesa y la cama que le habías preparado con sábanas limpias desiertos; se van y todo se queda intacto, sin más.
    Y luego hay unas personas —éstas son las peores— que entran, muy a menudo por una puerta muy pequeña que te has dejado abierta sin querer o incluso por una ventana, se cenan la sopa y rompen contra el suelo el plato, o incluso toda la vajilla, duermen en la cama y dejan las sábanas hechas jirones y la almohada toda desplumada, deslibran las estanterías, te arrancan la mitad de las páginas y llenan de rayajos a bolígrafo la otra mitad; no cambian de hora los relojes, no arrancan meses del calendario, no modifican los mecanismos: se lo cargan todo. Luego, cuando se cansan, salen por la puerta grande —a veces siquiera conscientes de haber entrado— y dejan a su espalda todo el estropicio: una ruina muy grande, muchos escombros. Las otras personas a las que habías dejado entrar se asoman desde sus escondites, intentan sofocar los incendios.
    Cuesta mucho, pero al final parece que todo vuelve a su sitio: los platos en su armario, las sábanas estiradas, los libros en su orden alfabético, los relojes en hora, los mecanismos limpios. Siempre queda algo, por supuesto: los remiendos en la almohada, por ejemplo, las ganas de llorar cuando el resto ya se ha ido a dormir, un punto en el que el mecanismo falla siempre y hacen falta muchos esfuerzos para ponerlo en marcha de nuevo. Pero has aprendido a abrir la puerta con más cuidado, o, al menos, a barrer bien escombros

1 comentario:

  1. Creo que ha sido de las mejores explicaciones de las consecuencias del paso de la gente sobre nosotros.
    Pareces expresarte bastante bien.

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