miércoles, 4 de junio de 2014

Todavía.

    Creo que pensar que esto podría repetirse en algún otro momento de mi vida me sería de consuelo, por eso trato de convencerme a mí misma de que no fue nada excepcional, de que la nuestra fue una historia como otra cualquiera; porque el amor es como los amaneceres y los atardeceres: son la cosa más cotidiana del universo y aún así nunca dejan de tocarnos el corazón. Pero me resulta muy difícil. 
    Imposible. Porque, veréis, yo aún no había cumplido los 18 cuando me enamoré de él. Y todavía no tenía 20 cuando me besó por primera vez. Y estoy convencida de que, para bien y para mal, nunca se vuelven a sentir las cosas de la manera en que se sienten a esa edad. Qué sé yo, así de locamente, así de intensamente, así de desmedidamente, así de tontamente, así de dementemente. Intento pensarlo objetivamente y supongo que quizá no de aquella manera, pero que sí volveré a enamorarme. Quizá con más cabeza, quizá con más tranquilidad, quizá con más mesura. Pero ya no será igual. Ni será, por supuesto, el primero. 
    Además, yo siempre he tenido mucha prisa. Ya me imaginaba el futuro con él cuando aún no tenía ni idea de cómo era su presente. Hasta entonces me había pasado una cosa muy extraña: era capaz de imaginar a todo el mundo pasados unos años, excepto a mí misma. Luego sólo podía imaginarme con él. Y ahora que sé que imaginarme con él es absurdo, vuelvo a no poder imaginarme, porque no encuentro ninguna otra manera. 
    Por todo esto me cuesta creer que él no fuese un caso excepcional dentro de mi vida. Pero no es sólo eso; también ha sido un caso excepcional entre todos los casos. No digo que fuéramos los únicos, claro. Ahí estuvieron hace siglos Abelardo y Eloísa. O mi profesor de Literatura Latina. O una compañera de clase que me cuenta que su relación es una montaña rusa, que pensar que él la quiere la hace muy feliz, pero que él no quiera que nadie se entere de que se quieren la hace muy infeliz.
    Cuando yo acababa de cumplir los 19 él hacía ya 15 que había estado a punto de cumplirlos. Y yo hace un año estaba muy cruda –sigo estándolo, por supuesto, pero quizá ahora una pizca menos que entonces–: no me había dado tiempo a nada en la vida. Tenía que elegir qué quería, qué ser, qué leer, qué ver, qué escuchar. Y ahora miro mis estanterías y están llenas de los libros y las películas que él me recomendó, y miro mi vida en general y resulta que él ha formado parte de las pocas decisiones importantes que he tenido que tomar hasta ahora. La mitad de lo que soy lo soy por él, y la otra mitad todavía tiene cinco años. 
    No sé. Sé que es absurdo, pero desde que me dijo que se había terminado ha pasado el doble de tiempo del que estuvimos juntos, y todavía me harto de llorar con las canciones que me dijo en su día que escuchase, que me gustarían, aunque nunca las escuchásemos juntos, y todavía le escribo cartas y mensajes, aunque luego no se los envíe. Todavía le echo muchísimo de menos. 
    Creo que nunca voy a volver a ser feliz de aquel modo. Y no sé si quiero, la verdad: no sé si quiero superarlo. Pienso que él me tuvo con toda el alma y la piel desnudas, sin gafas, despeinada y sonriendo con los ojos cerrados, y no sé si quiero que otro me quiera de cualquier otra manera.

2 comentarios:

  1. Sabes? Lo bueno de este escrito es tu manera de contarlo, y lo malo que parece que te hace sentir mal. Lo siento, porque teniendo esa claridad mental y facilidad en la letra, debería servir para escribir de cualquier otra que no te causara ese pesar.

    Buenas noches. Te seguiré leyendo

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  2. No sabes cuánto te llego a entender con la profundidad que hay dentro del texto.

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