sábado, 13 de septiembre de 2014

Dieta I: desayuno

  Abro los ojos de golpe con el pitido del despertador. "Deslice a la izquierda para posponer la alarma. Deslice a la derecha para desactivar la alarma". Qué ganas de joder. A la derecha, a la derecha. 
  Vuelvo a cerrar los ojos y retomo el sueño. Sueño que me duermo y llego tarde. Tres horas en tiempo onírico, tres minutos en tiempo real. Luego me despierto de verdad. 
  Me golpea la condena de todas las mañanas: su cara sobre la almohada; el recuerdo de. Todas las mañanas la condena-recuerdo de aquella otra mañana en que me despertaron sus manos en medio de un sueño en que sus manos me recorrían. 
  Me incorporo, me levanto, arrastro los pies por el pasillo hasta la cocina. Hago café. Me siento con la taza entre las manos y miro la cafetera que he dejado medio vacía. O medio llena, qué más da. Querría verla vacía del todo por haberte bebido tú la otra mitad. 
  Qué mal día me espera, qué ardor en el estómago. 
  Arrastro los pies hasta el baño. Me miro en el espejo pero no me veo. Hago un cuenco con las manos y recojo agua que se me escapa entre los dedos, se me escapa, se me escapa... Estoy lenta. Al cuarto intento logro empaparme la cara y frotarme los ojos, espabilarme un poco. El agua forma un remolino y se cuela por el desagüe. Así desearía hacer yo: tirarme de cabeza al lavabo, hacerme un remolino, perderme por el desagüe. Pero qué tontería de deseo; para empezar, nunca aprendí a tirarme de cabeza. Me cepillo los dientes y escupo rosa de sangre el dentífrico blanco. Me cepillo el pelo y una maraña de mi melena queda enredada en las púas del peine. Debería tomar vitaminas. 
  Me visto sin dejar de arrastrarme. También debería dejar el valium. 
  Salgo de casa.

1 comentario:

  1. Ay preciosa... qué duros son los despertares que golpean a base de una realidad que no deseamos...
    Un beso.

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