jueves, 9 de octubre de 2014

La casualidad.


    Qué cosa tan bella es la casualidad, qué hermosas las coincidencias cuando se dan dentro del amor. Qué belleza pensar, por ejemplo, que en el momento exacto en que, persona amada, cruzas mi cráneo, pueda yo cruzar el tuyo también. O que en cualquier conferencia en la facultad pueda encontrarse tu nuca con mis ojos, o aun tus ojos con mi nuca. O que nos hallemos al mismo tiempo en una misma emisora de radio y que de pronto suene una canción determinada y que las cabezas de ambos se muevan al mismo compás, o incluso que los labios de ambos repitan una misma letra. O que en un momento concreto las memorias de los dos revivan una imagen exacta de los dos cuerpos desnudos sobre tu cama, y que las dos diestras se deslicen simultáneamente hasta los sexos respectivos para calmar los latidos cálidos. 
    Qué esperanza, qué búsqueda de casualidades es el amor. Qué necesidad eterna de hallarse a un tiempo no sólo en los mismos deseos recíprocos, sino también en las mismas capacidades: ansia de querer aparecer a tu lado y que quieras aparecer a mi lado en el mismo instante, pero también de poder los dos aparecernos al lado del otro. Qué locura por encontrarnos juntos en las ganas. Qué querencia constante de coincidir en el tiempo y en el espacio con la persona amada, quizá en la misma mañana y en el mismo pasillo sin esperarlo, quizá en la misma tarde y en la misma acera sin haberlo planeado, quizá en la misma noche y en la misma cama, quizá en el mismo éxtasis simultáneo. 
    Qué bello, qué hermoso cuando se cumple el deseo recíproco de coincidencia, la necesidad mutua de casualidad.

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