viernes, 3 de octubre de 2014

Las nubes

  Necesito un procesador de textos mental, una ranura como de fax o de impresora que me saque de la cabeza todas las cosas que querría escribir, porque las manos no me dan abasto. 
  Por ejemplo: voy en el autobús y no puedo dejar de desear escribir sobre las nubes, esta obsesión que he desarrollado por la inconmensurable belleza de las nubes, que parecen enormes bolas de algodón deshilado, o pinceladas toscas de óleo en blanco o cualquier tono de gris sobre el lienzo celeste, o pinceladas finas de acuarela leve. Y en ocasiones el Sol se cuela entre ellas y sus volutas recortan los rayos de luz y qué grandeza, Dios mío, qué grandeza la manera en que las flechas de claridad traspasan el espacio. 
  U otro ejemplo: antes incluso de bajarme del autobús, no puedo dejar de desear escribir sobre las constantes pintadas en los muros con tu nombre, o los camiones de empresas cuyos dueños tienen tu nombre, o tu nombre, o tu nombre, o tu nombre; cuántas personas que se llaman como tú, a las que nunca llamaré como te llamo a ti. Porque tu nombre es el nombre de muchos, pero tu nombre en mi boca es otra cosa, otra cosa distinta. 
  O por último ejemplo pero no por ello menos importante: justo antes de llegar a mi parada, no puedo dejar de desear escribir sobre estas ganas repentinas de llegar a casa y coger el libro marrón de AP y leer ese poema-prospecto que no puedo sacarme de la cabeza: “Por qué escribo / Por qué sollozo en madrugada”, o “Mi cuerpo es una invasión de tambores en el silencio de la noche”, o “Por qué esta conjuración de ausencias”, o “Te llamo y no vienes / Te amo y no vienes”, o “Por qué viniste como el relámpago / y me dejaste sola en lo devastado”, o “Si me vieras atada a tu rostro”. (En mi cabeza cito de memoria a Alejandra y no puedo menos que preguntarme si me habré equivocado). 
  O sobre estas ganas repentinas de llegar a casa y leer aquel blog tan increíble con aquella foto de título tan increíble con aquella manera de escribir tan increíble, aquel blog tan increíble (http://dramasycaballeros.blogspot.com.es/) que descubrí demasiado tarde. 
  O sobre estas ganas de llegar a casa y seguir leyendo el libro mágico que me recomendó una (casi) maestra mágica, ese libro que es mágico, que es espejo de lo pasado, que es premonición de lo que pasará. (Premonición, premonición, premonición, repetidla tres veces más y veréis qué palabra fea, pero fea, fea). Porque ayer, recorriendo un viaje igual que este mismo, acababa de leer aquel fragmento en el que Sergio Prim se declara tan torpe, se recuerda un niño torpe que se caía y se daba golpes, y al cerrar el libro me levanté justo cuando el autobús llegaba a la parada, me mareé y me caí rebotando contra todos los reposabrazos y quedando finalmente tendida boca arriba a lo largo del pasillo. Y ahora estoy cubiera de magulladuras como el niño Sergio Prim. 

   Las manos no me dan abasto y los dedos por ejemplo, u otro ejemplo, o por último ejemplo me tiemblan en el autobús. Y ojalá pudiera escribir todo lo que pienso. Sin filtros. 

Feliz octubre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario