sábado, 29 de noviembre de 2014

Nada concibo sin ti.

    Todo es tan raro, tan, tan taro desde que te fuiste. Miro a mi alrededor y encuentro mi habitación llena de tus huellas a pesar de que nunca la has pisado. Y no puedo evitar preguntarme si no habré sido yo quien las ha colocado ahí, quien te ha escondido entre las páginas de mis libros y entre las canciones de mis discos y entre mis camisas y mis faldas favoritas y entre cada aliento y cada segundo que vivo; no puedo evitar preguntarme si no te habré metido yo sola en mi vida. Llegaste como una tormenta y se me ocurre que, cuando alguien se moja bajo la lluvia, quizá la culpa no sea de la lluvia, sino de quien se moja. Quizá nunca quisiste estar, quizá te inventé aquí. 
    Pero qué hago yo ahora con todo esto, dime, cómo te borro. Encontrarte en todas las cosas es más el recuerdo de que te has marchado que la prueba de que estuviste aquí. Dime cómo leo ese libro, o escucho esa canción, o me abrocho esa falda, dime cómo vivo esta vida sin econtrarte en todo ello, si cuando te busco fuera de ellos no puedo encontrarte. 
    Todo es tan raro. Nada tiene sentido y a todo he de darle uno nuevo. Es una locura. Qué tendrá de hermosa mi camisa favorita, que es mi favorita porque tú me la quitaste, el día que me la quite sin recordarte. Qué tendrá de hermosa tu película favorita. Qué tus libros. Qué tus canciones. Nada concibo sin ti. 
    Porque quizá fui yo quien te metió dentro de todas las cosas que me rodean; pero ahora no hay quien te saque.


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