viernes, 21 de noviembre de 2014

Pies fríos.

    La última vez que estuve en su casa, en pleno agosto, deslicé los pies desnudos sobre la sábana y toqué sus pies desnudos: congelados. Con mi voz y con mis manos de veinte años abocados a su cuerpo y a su barba de adulto pleno, exclamé “¡qué fríos!” y un escalofrío. Él, con su voz y sus manos de adulto pleno, atrajo mi cuerpo de veinte años a su costado susurrándome “siempre, no sé por qué” y un beso en la frente. 
    De correr, pies fríos de correr descalzo. Porque no podía quedarse quieto dejándose mirar más de cuatro meses seguidos. Necesitaba escapar, dejase atrás lo que dejase, porque quedarse quieto implicaba permitir que creciera a su alrededor un muro circular que luego no sabría cómo traspasar sin derribarlo; y lo mismo, exactamente lo mismo, le pasaba con las personas. Claro que no quería derribarme, claro que no; pero había permitido que me alzase a su alrededor y no encontró otra manera de salir de mí que echarme abajo. Claro que no era yo. Yo era joven e inteligente, y graciosa, e incluso bonita, y le adoraba, sobre todo le adoraba, le adoraba. No era yo: eran él y su necesidad de correr. 
    La última vez que estuve en su casa, en pleno agosto, fue la última vez que supe de él. Y ahora se me empiezan a enfriar los pies a mí también.


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